• Análisis de coyuntura

Los invisibles de ayer y de hoy

Por Washington Uranga. “No sólo en la Argentina, no sólo en América Latina, el sistema está ciego. ¿Qué son las personas de carne y hueso? Para los economistas más notorios, números. Para los banqueros más poderosos, deudores. Para los tecnócratas más eficientes, molestias. Y para los políticos más exitosos, votos”. Son palabras de Eduardo Galeano escritas en 2001 y publicadas entonces en Página/12. Hoy podrían tener similar actualidad.

No porque las condiciones sean las iguales. De ninguna manera. Sería necio confundir una realidad con la otra. El punto de partida es diferente. Los años precedentes contribuyeron a mejorar la calidad de vida de grandes sectores de la población argentina.

Hay “otro piso” dirán algunos economistas que reconocen que las políticas económicas y sociales tienen como principal propósito mejorar la calidad de vida de los sectores más postergados que también son invisibles o invisibilizados por el sistema. Piensan, a diferencia de Javier González Fraga, que los que viven de su salario tienen derecho a que su mejor estándar no sea apenas una “ilusión” sino el resultado lógico de una pugna distributiva, que es lucha por el poder, en la que los sectores populares, que son mayoría, imponen sus condiciones.

“Que la tortilla se vuelva…” pero en este caso para equiparar y que todos coman pan.

Hay otro piso también porque quien aprendió que tiene derechos y comenzó a percibirlos al menos en parte, sabe también que existe una vida diferente a la que puede aspirar, por la que luchó y por la que, probablemente, esté dispuesto a seguir luchando. Y aunque se sepa en desventaja en muchos aspectos experimentó también que la solidaridad, la acción colectiva y organizada, permite alcanzar propósitos que a todos benefician.

Y que no se trata de “merecimientos” recibidos como premios o como méritos derivados de la condición económica o de la ubicación en una poco igualitaria escala social, sino de un derecho al que se accede como resultado de la conjugación del propio trabajo con condiciones garantizadas por el Estado y la sociedad para que efectivamente el esfuerzo fructifique y no se vaya como agua entre los dedos para regar tierras de otros.

Pero el sistema se pone ciego. Solo le importan los números: tarifas, dólar y acumulación de ganancias para unos pocos. No importan las personas de carne y hueso porque molestan y porque, al menos en lo inmediato, no aportan votos. Y por todo ello, los de carne y hueso se transforman en invisibles para el sistema.

Pero no lo son. Porque aprendieron, en la escuela de la calle, a construir su visibilidad. Porque saben cómo hacerlo y son memoriosos. También por encima (o por el costado si suena demasiado brutal) de los políticos y de otros dirigentes que incurren en las mismas “distracciones” o, tal vez, si no son ciegos por lo menos padecen afecciones visuales que no les permiten reconocer y hacerse cargo la realidad de los más pobres.

Por eso el 2016 es diferente del 2001. Y está visto que los de carne y hueso no quieren permanecer en la invisibilidad. Y frente a los atropellos y la ceguera del poder comienzan a ganar la calle, para hacerse ver, para reclamar, para demandar lo que en justicia les pertenece. Lo dicho hasta aquí también se lee desde el Gobierno y lo expresan sus escribas.

Y los editorialistas que se pretenden “independientes” mientras hacen las veces de voceros oficiosos del macrismo salieron a dar la voz de alerta acerca de posibles campañas, alentadas -dicen- por intendentes “kirchneristas duros” y otros que no lo son tanto y que tendrían como propósito promover agitación social que conspire contra el gobierno de Mauricio Macri.

Es otra lectura conspirativa de un mismo dato: el descontento social -por más que algunas encuestas amañadas digan lo contrario- que sube desde las bases populares y comienza a taladrar también a grupos de votantes de Cambiemos.

Los bolsillos y las necesidades tienen poca fidelidad a las promesas de campaña. Y muchos comienzan a dudar si la luz al fondo del túnel anunciada por la Vicepresidenta indica la salida o advierte la presencia de un tren en contramano sobre la misma vía. El tema deja de ser tan solo una cuestión de perspectivas para transformase en un asunto que atañe primero a la calidad de vida y, renglón seguido, a la sobrevivencia.

Para agravar el escenario mientras desde el Ejecutivo se pretende poner bozales a la poca prensa que no le responde e intenta romper el blindaje mediático, la Corte de Justicia se suma al “clima de época” para restringir el derecho de huelga dejando todo en manos de aquellos dirigentes sindicales con quienes se puede negociar, acordar o, en último caso, disciplinar de distintas formas.

La invisibilidad también se aplica a los problemas. La comunicación del Gobierno insiste en hablar o bien de la “pesada herencia recibida” o del “futuro promisorio” que nos espera a los argentinos. Del presente mejor ni hacer mención, porque allí están los problemas y estos también son invisibles.

Son todos emergentes y signos coincidentes del “clima de época” que además se expande por el continente.

Es difícil anticipar lo que puede suceder y cualquier habitante sensato de esta tierra querrá que quienes toman decisiones abran los ojos o se quiten las anteojeras para ver más allá de sus propios intereses o los de su clase o de sus aliados.

De lo contrario será inevitable que los invisibles quieran salir de esa condición, recuperar el terreno perdido que, mal le pese a González Fraga, será también recuperar la “ilusión” de una mejor calidad de vida que ya fue experimentada, que se hizo tangible.

Sin partidos organizados, sin organizaciones que contengan los reclamos, probablemente el camino que se elija sea la movilización y la protesta callejera. Sin que nadie la aliente o la promueva. No será necesario.

Será el propio gobierno de Cambiemos, así no se lo proponga, el responsable de “convocar” a la protesta. Porque las necesidades empujan y porque no existen razones ni argumentos válidos para resignar derechos. Y porque las “personas de carne y hueso” no son invisibles, aunque el sistema sea ciego y sus apologetas también