Me duele la situación que enfrentan estos trabajadores, muchos de los cuales ni siquiera son propietarios del taxi que conducen ni de la concesión estatal que los autoriza a prestar el servicio. Pagan elevados cánones, seguros, revisiones técnicas,  y cada día pierden un porcentaje del mercado ante un ejército silencioso de operadores que no tienen ninguna responsabilidad con el Estado.

La situación afecta a muchas familias que dependen del ingreso del taxista para cubrir sus necesidades básicas de alimentación, vivienda, educación, etc.

Ciertamente simpatizo con la causa de los taxistas rojos, pero debo admitir muy a mi pesar que su batalla está perdida de antemano.

Las tendencias que marca el desarrollo tecnológico en la vida económica no son reversibles. La historia, que no es más que el paso de un gigantesco artefacto productivo, no se detiene a contemplar las congojas de pequeños grupos humanos.  Lo que no se incorpora a su marcha termina siendo arrollado.

Que esas tendencias contradigan una determinada norma jurídica  lo único que indica es que la legislación anda unos pasos atrás, pero la existencia de una ley no basta para frenar procesos sociales y económicos determinados por la fuerza de la innovación tecnológica. Tarde o temprano, la ley termina reconociendo y regulando  fenómenos que se han consolidado en la realidad.

Yo prefiero la comunicación directa, disfruto tomarme un café con los amigos y conversar largamente sobre muchos temas. Lo  hago con frecuencia, pero no puedo impedir  que cada día más personas entiendan la relación interpersonal como un maniático intercambio de mensajes por Whatsapp.

Los taxistas pueden salir muchas veces a protestar, bloquear las calles, insultar al gobierno, amenazar de mil maneras, pero difícilmente lograrán que la Sala Constitucional emita una orden para desconectar a Uber. Y sin esa orden, el gobierno no hará absolutamente nada por modificar el actual estado de cosas.

El problema de los taxistas ha sido lanzarse contra los molinos de viento para quedar, en cada combate, más abollados y débiles que la vez anterior, sin entender que  quizá sería más práctico y sencillo combatir al rival en su terreno y con sus propias armas.

Si yo fuera dirigente de un grupo de taxistas, empezaría por migrar a un sistema manejado centralmente por medio de una aplicación en Internet. Renunciaría a las concesiones y las placas especiales con lo cual me libraría también del pago de cánones, seguros especiales, revisiones técnicas cada seis meses y todas las demás imposiciones de una ley que ya se muestra obsoleta.

Promovería, además, procesos de capacitación para los conductores y protocolos de atención al público; revisaría a la baja el sistema de tarifas y tomaría medidas importantes para garantizar la seguridad a los usuarios.

De esa manera competiría con Uber en igualdad de condiciones, satisfaría el gusto de los clientes, y ninguna autoridad estatal podría perseguirme o sancionarme por ello.

Quizá al principio resulte complicada la transición, habrá que aprender las técnicas de la administración virtual, efectuar algunas inversiones, pero al final los taxistas podrían salir gananciosos, porque nadie posee la experiencia que ellos han acumulado en el negocio.

El primer paso, sin duda, es abrir la mente. Parafraseando a Einstein, el error consiste en hacer las cosas como siempre se han hecho y esperar resultados distintos.