Heredero de tótems de la literatura mexicana como Juan Rulfo o Juan José Arreola, fue literalmente su alumno durante los sesenta en el Centro Mexicano de Escritores. De esa formidable incubadora –germen de la Generación del Medio Siglo, compartida con Salvador Elizondo o José Emilio Pacheco– salió su primera gran novela, José Trigo, una búsqueda fantasmal emparentada tanto con el Pedro Páramo de su maestro, como con el Ulises de Joyce. Como el mismo se definió en más de una ocasión: “Soy parte de la cola del boom".

Su aversión por las vísceras y la sangre le impidió terminar las carrera de Medicina, pero ese bagaje le sirvió para perfilar al estudiante que detona la trama de Palinuro de México, un collage barroco y onírico con las represión juvenil de Tlatelolco de 1968 como telón de fondo y el lenguaje como verdadero protagonista. Ya en este tiempo, los setenta, compaginaba la escritura con su trabajo como productor y locutor de radio. Primero fue la voz de la BBC en Londres, luego de Radio Francia Internacional. Para muchos españoles de la generación de la Transición, fue la linterna que alumbraba música, literatura, pintura, una apertura cultural entre tanta oscuridad.

Una tarde de enero, al salir de la embajada mexicana en París, Fernando del Paso le contó al mundo la muerte de su maestro Rulfo en 1986. “Perdóname Juan si no te escribí nunca, pero como me dijeron que tu nunca respondías las cartas, pues para qué. Y ahora me arrepiento”. Así empezaba la locución de Carta a Juan Rulfo, un programa que ganó el premio Radio Nacional de España. Un año después, publicaría su gran obra, otro derroche polifónico y erudito volcado esta vez en la historia amagada y efímera del Segundo Imperio mexicano narrada por la emperatriz Carlota “Un emperador rubio que fusilamos y su mujer que se volvió loca”, sintetizó en una entrevista.

Acompañado de su esposa Socorro, sus cuatro hijos, sus yernos, sus nueras y sus nietos, Del Paso recogió en 2016 el premio Cervantes. Con la voz quebrada por un infarto cerebral que le había mermado el habla y la coordinación, en 2013, Del paso habló de su relación con la literatura española y lanzó una de sus habituales dardos a la política mexicana: “Estamos ante el principio de un estado totalitario que no podemos permitir”.

Una década antes de recibir el premio, había publicado su propio homenaje a la gran obra cervantina. Un ensayo con ritmo de novela donde los personajes son Ortega y Gasset, Dostoievski, Américo Castro, Rubén Darío, Borges o Nabokov debatiendo sobre aquella obra que leyó por primera vez a los 15 años y “lo conmocionó”. La última edición, al calor del premio, incorporó además otra de las facetas de Del Paso: la pintura. Un tríptico quijotesco de colores chillones como sus trajes: Don Quijote de las Manchas, Don Quijote de la verde mar, Don Quijote en casa

Era un fijo en la Feria del libro Guadalajara. Montado en su silla de ruedas, con barba y melena blanquísimas y sus rimbombantes trajes a cuadros de dandy anglosajón y parnasiano, siempre fue una de los autores más queridos del festival. En 2015 en pena crisis política por la desaparición de 43 estudiantes en una de las territorios más pobres de México, el aristócrata de la literatura alcanzó a gritar desde su silla: “Todos somos Ayotzinapa”.