Va a ser diferente el 1° de abril. Voy a votar. Me parece que el país se ha crispado, pero de mala manera.

No solo el país. En todas partes se cuecen habas. En Brasil, donde desde el golpe contra el gobierno constituido han avanzado contra todos los derechos y contra el sentido mismo de nación, la gente se ha vuelto a conmocionar. Mataron, la semana pasada, a una concejal, mujer proveniente de las favelas y opuesta a la intervención militar para acabar con la violencia en Rio de Janeiro.

No voy a discutir aquí este contrasentido. Permítanme solo citar el texto del exministro de Justicia Eugenio Aragão, publicado en su blog a raíz del asesinato de la concejal Marielle Franco y su chofer, Anderson Pedro Gomes. Aragão se refiere a los habitantes del complejo de la Maré, de donde venía Marielle. Una enorme zona marginal y empobrecida, entre el aeropuerto y el centro de Rio. Lo cito porque me parece que viene al caso que nos preocupa aquí.

“Tiempo para hacer política, para instruirse, para participar en debates, no tienen. Despiertan temprano, se apretujan sudados en pésimo transporte público, se alimentan mal y llegan muy tarde en la noche del trabajo diario para que, después, herederos del esclavismo adinerados, o gobernantes que no les permiten pensionarse, los llamen vagabundos, atorrantes, bandidos”.

Se han dicho cosas terribles sobre la misión de los militares en el apaciguamiento de Rio. Pero no me voy a extender en eso. Vuelvo a lo nuestro.

Aquí han surgido (algunos piensan que como de la nada, pero creo que no es así) los vendedores de la salvación. Se montan en una ola que nosotros mismos creamos. Decían que lo político estaba resuelto, que no había alternativa y que la política se definía ahora en el terreno de los valores. El gobierno de Luis Guillermo no es ajeno a esto.

Es cierto que no podía hacer mucho. La composición de la Asamblea no se lo permitía. Pero gobernar no es solo lo que se puede, es también lo que se quiere. Y si lo que se quiere no se puede (por ahora), hay que decirlo, educar. Educar políticamente. El gobierno de Luis Guillermo no lo hizo. Es lo que más resiento.

Ese afán de hacerse dueño de todo solo le deja a los excluidos la opción de la otra vida. Es el mundo del que se alimentan los estafadores, los apóstoles, los profetas, que piensan que ha llegado la hora de gobernarnos a todos.

No puedo estar de acuerdo con eso. Que nos gobiernen estafadores –a los que se les han sumado toda clase de oportunistas–, no le hará bien a nadie, ni al país. Es una coalición devastadora, como lo muestra el caso de Brasil.

¿Carlos podrá revertir todo esto?

No, por supuesto que no. Ojalá sea capaz de poner de nuevo la política en su lugar. En las actuales circunstancias, sería casi suficiente. Va rodeado de fuerzas conservadoras. Algunas son las mismas que han llevado el país por ese camino de los que sueñan con hacerse dueños de todo. Pero esa es la realidad política de Costa Rica. Desde hace casi 40 años se han ido adueñando de todo, revirtiendo lo que hizo de este país algo distinto a sus vecinos: comenzaron privatizando el sector bancario y siguieron con todo lo demás: la salud, la educación, las telecomunicaciones, los seguros y van por la energía.

Nos toca a nosotros resistir. Para eso hay que convencer, hablar, organizarse. Si no queremos, dentro de cuatro años, estar en esta misma disyuntiva, hay que empezar ahora. Los períodos electorales no son buenos para hacer coaliciones. Hay que hacerlas antes.

Yo hice un par de intentos: hace doce años y, después, hace ocho. No tuve ningún éxito. Pero creo que vale la pena volver a intentar. Y volver de nuevo, hasta lograrlo. We shall overcome, someday..!

(*escritor, periodista e historiador)