La respuesta a las dos primeras preguntas era no: Lula solo había sido convocado de manera mediática y aparatosa para prestar declaración. Pero la última respuesta, a la del fin, es que sí. Aquel fue el día que Lula y el público vieron por primera vez las garras del nuevo archienemigo del expresidente. El juez Sérgio Moro, quien ahora se convierte en ministro de Justicia de Bolsonaro.

Nacido en Maringá (Paraná), en ese sur de Brasil que se jacta de germánico y metódico, a diferencia del jaranero y corrupto norte; formado en Harvard y curtido en varios casos de lavado de dinero, Moro se dio a conocer con el estallido de la operación Lava Jato, en 2015.

Como instructor, mostraba un estilo tajante y frío, emitía sin pestañear órdenes de prisión para los empresarios más ricos y poderosos de la primera economía latinoamericana y hablaba de un país limpio, lejos del rouba mas faz (roba pero resuelve) de los últimos años. Era muy público. Se dejaba ver todo lo posible, en medios y en vistas judiciales, permitiendo que su nombre se entremezclase con palabras como “Lava Jato” o “anti-corrupción”, como sinónimos por asociación. Y después de aquel día de marzo de 2016 tendría un antónimo: Lula da Silva.

El juez persiguió al expresidente de una forma tan obstinada que casi parecía personal. En abril de 2017, Lula acudió a declarar a la ciudad de Curitiba, donde Moro centraliza sus investigaciones de Lava Jato: para entonces la animadversión entre ambos era tan popular que aquel hecho judicial se trató en los medios como un encuentro pugilístico entre dos titanes.

Las élites y el establishment empresarial adoraban a Moro. Nadie más había sido capaz de poner en semejantes apuros al astuto expresidente del PT. Aquello era caza mayor, y la fama de Moro de justiciero intocable, de santo patrón de la corrupción y el antipetismo, parecía no conocer techo. En julio de 2017 condenó finalmente a Lula. En abril de 2018, se convirtió en el primer juez en encarcelar a un expresidente de Brasil. Su victoria se había consumado. Si le correspondía una recompensa por el trabajo, ahora era el momento.

Había indicios de que Bolsonaro le caía bien al juez. Si no a él, al menos a su esposa, que no hacía más que subir mensajes a favor del ultraderechista a redes sociales. También había indicios de que a Moro le gustaba jugar con la política. Juraba que no aspiraba a serlo: en público y ante periodistas. Pero sí se permitía gestos como levantar el secreto de sumario de unas delicadas conversaciones grabadas entre Dilma y Lula en el momento en el que más daño les pudo hacer (se disculpó por ello). En esta campaña electoral, publicó las acusaciones que tenía de un antiguo número dos de Lula a escasos días de la primera vuelta.

Y ahora, el cazador de políticos se convierte en político; un gesto que mancha en cierto grado todo lo que ha hecho hasta ahora. Su versión de la justicia, de repente, cobra todo el aspecto de un acto político; la caza de Lula, que libró a Bolsonaro de su mayor obstáculo para alcanzar la presidencia, adquiere otra dimensión. Y cambia el significado de aquel gesto que tuvo, cuando redactó la histórica causa contra Lula y coló aquella frase del escritor inglés del siglo XVII Thomas Fuller: “Nunca subas tan alto que estés por encima de la ley”.