Al recibir el Nobel de la Paz, en diciembre de 2001, señaló los Objetivos y la Cumbre del Milenio (2000) como el proyecto del que se sentía más orgulloso en su primer quinquenio al frente de la organización. En su despedida de la ONU, a finales de 2006, destacó la "responsabilidad de proteger a los civiles" como el logro principal de su segundo mandato. Su nombre quedará para siempre unido a la primera gran reforma de la ONU, a la puesta en marcha de la Corte Penal Internacional -"el gran baluarte contra el mal" en palabras de Annan- y al plan global contra el SIDA.

Entre las sombras destacan el genocidio de Ruanda, las matanzas en Darfur, Somalia y Srebrenica (Bosnia), su enfrentamiento con EEUU para frenar la invasión de Irak en 2003 y la escandalosa gestión del programa "petróleo por alimentos" en Irak en los noventa.

Como responsable de las Operaciones de Paz en 1994, reconoció que pudo y debió hacer más para evitar la espiral que de violencia que arrasó Ruanda, con más de 800.000 muertos, cuando el entonces jefe de los cascos azules en el país africano, general Romeo Dallaire, le pidió una acción preventiva más firme contra los extremistas hutus.

Los dos momentos personales más difíciles, según sus propias palabras, fueron los atentados del 11-S y el ataque suicida contra el cuartel general de la ONU en Bagdad el 19 de agosto de 2003, en el que murieron 22 personas, entre ellas su enviado personal a Irak, Sergio Vieira de Mello. "Fue tan doloroso como la muerte de mi hermana gemela", confesó Annan después de la tragedia, recordando la muerte de Efua en 1991.

El pasado mes de abril, en la celebración de su ochenta cumpleaños, bromeó con la gente que le seguía confundiendo con Morgan Freeman y lamentó la falta de líderes fuertes que ayuden a resolver las principales crisis de hoy. "Soy un optimista empedernido, nací optimista y seguiré siéndolo", afirmó. "Si se pierde la esperanza, se pierde todo".

Nacido en 1938, tercero de cinco hijos de un acomodado hombre de negocios de la etnia fante, de Ghana, recibió una esmerada educación en la Universidad de Ciencia y Tecnología de su Kumasi natal, el Macalester College de Saint Paul, Minnesota, el Instituto de Estudios Internacionales de Ginebra, Suiza -donde cursó un posgrado en Economía- y el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts.

El segundo africano (tras su antecesor, el egipcio Boutros- Ghali), el primer negro y el primer subsahariano al frente de la ONU, es el único secretario general que hizo casi toda su carrera en la organización. Ingresó en ella en 1962 y, salvo en el bienio 74-76, en el que regresó a su país para dirigir la compañía nacional de turismo, hizo toda su carrera profesional en ella. Dirigió al personal civil de la Fuerza de Emergencia de la ONU, los servicios de personal del Alto Comisionado para los Refugiados en Ginebra (donde conoció a su segunda esposa, Nane, abogada sueca y sobrina del célebre diplomático Raoul Wallenberg), la Oficina de Personal de la ONU en Nueva York, la de Planificación y Presupuestos, y, entre 1993 y 1997, el departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz.

Activo hasta el final, el mes pasado participó en los actos del centenario del nacimiento de Nelson Mandela y encabezó la delegación de la ONG The Elders, fundada por Mandela, en las elecciones de Zimbabue. En el viaje de regreso de Sudáfrica Annan enfermó y fue hospitalizado en Ginebra. Después, fue trasladado en avión a un centro médico de la capital, Berna, donde falleció.

En Kenia se estrenó como mediador en 2007 tras dejar la secretaría general de la ONU. Su plan está aún lejos de cumplirse, pero puso fin a una oleada de violencia con más de mil muertos. En febrero de 2012 aceptó de la ONU y de la Líga Árabe otra de las muchas misiones imposibles de su carrera diplomática: la mediación en la guerra de Siria. Tras cinco meses de esfuerzos, tiró la toalla.

A pesar de sus múltiples fracasos, es difícil encontrar a otro dirigente o funcionario internacional más reconocido, premiado y celebrado, especialmente en África. Aparte del Nobel de la Paz en 2001 por la reforma de la ONU y su trabajo por la paz en la organización durante 40 años, recibió la medalla al valor (JFJ Memorial Museum), a la libertad (Universidad de St Gallen), a la justicia internacional (MacArthur Foundation), y los premios internacionales más prestigiosos por su aportación a la seguridad, el desarrollo, la educación, la ciencia, los derechos humanos, la democracia y la solidaridad norte-sur.

Inagotable trotamundos, asistió a más de 70 ceremonias de concesión de doctorados honorarios con que le honraron otras tantas universidades, entre ellas la de Alcalá de Henares.