De la mano de ellos, supe de las verdades de Nicaragua, y del empeño puesto en convertir, al costo que fuera necesario, a ese país, en uno de "leche y miel" para la inmensa masa de pobres y marginados que lo habitaban.

Los ideales del sandinismo, recogidos por estos patriotas, actualizados y enriquecidos con sus aportes, invitaban a luchar por el derrocamiento de la tiranía y por una revolución que reivindicara a los pobres de Nicaragua.

En apoyo de esos objetivos, que me ganaron, comprometí mis mejores energías, igual que lo hicieron muchos costarricenses. Todos ellos, cómo cientos de sandinistas revolucionarios cayeron combatiendo en una guerra desigual.

El tirano derrotado huyó, el costo fue inmenso, se abrían para Nicaragua, de par en par, las puertas de las transformaciones por los que ellos y tantos otros murieron. A los grandes desafíos de aquella empresa constructiva, se sumo la guerra de desgaste promovida, financiada, e impulsada por el gobierno de Reagan.

El imperio no se conformaba con otra revolución de verdad en su patio trasero. Quienes asumieron la conducción del proceso y su defensa, fueron perdiendo los arrestos revolucionarios y a trizas comenzaron a quedar por el camino los ideales originales.

Lo que hoy se celebra, 35 años después de la huída del tirano, es aquella gesta heroica. Eso hay que celebrarlo.

Porque lo que hoy llaman revolución en Nicaragua, muy poco, si algo, guarda de los principios e ideales por los que cayeron tantos nobles hijos de ese pueblo hermano y eso a mí no me llama a celebrar.