Milner, con una fortuna de 3.400 millones de dólares amasada gracias a inversiones en empresas como Facebook y Twitter, presentó su proyecto, Breakthrough Listen, en la Royal Society de Londres, junto al físico británico Stephen Hawking y al astrónomo estadounidense Frank Drake, pionero del rastreo de alienígenas.

La iniciativa alquilará hasta un 25% del tiempo de actividad de dos de los mayores radiotelescopios del mundo, el estadounidense Robert C. Byrd Green Bank, con un diámetro de 100 metros, y el Observatorio Parkes, con un plato de 64 metros en Nueva Gales del Sur (Australia). El dinero del multimillonario ruso también servirá para contratar el telescopio óptico denominado Buscador de Planetas Automatizado, perteneciente a la Universidad de California y situado en San José (EE UU). Estos ojos permitirán observar una superficie del cielo 10 veces mayor que hasta la fecha.

“Este proyecto supone cinco veces la cantidad de dinero que se destina hoy en todo el mundo a la búsqueda de inteligencia extraterrestre”, señaló ayer en la presentación el astrofísico Dan Werthimer, cofundador en la Universidad de California en Berkeley del SETI@home, un proyecto en el que nueve millones de voluntarios ceden sus ordenadores personales para analizar señales procedentes de telescopios.

El proyecto multiplica por cinco la cantidad de dinero que se destina hoy en todo el mundo a la búsqueda de inteligencia extraterrestre

"De la misión Kepler de la NASA aprendimos que nuestra galaxia, la Vía Láctea, contiene decenas de miles de millones de planetas del tamaño de la Tierra a temperaturas tibias, y cualquiera de ellos puede albergar vida", apuntó ayer Geoff Marcy, profesor de Astronomía en Berkeley.

Frank Drake arrancó la búsqueda de inteligencia alienígena en 1960, cuando apuntó un telescopio estadounidense hacia las estrellas Tau Ceti y Épsilon Eridani, con la esperanza de detectar señales de radio de otros planetas. Más de medio siglo después, no se ha encontrado nada.

En una entrevista en 2011, Drake admitía las dificultades de la búsqueda. “Cuando las civilizaciones perfeccionan su tecnología, desaparecen de la vista, se hacen invisibles. Detectar una civilización es detectar la energía que malgastan. En nuestro caso, Madrid, por ejemplo, tiene una gran torre de televisión. Todas las ciudades soviéticas tenían una emitiendo señales potentísimas. Ahora tenemos el cable y la televisión por satélite. Apagamos las viejas torres de televisión y nos hacemos invisibles. A los extraterrestres se les va a acabar el fútbol gratis”, bromeaba.

El astrónomo Andrew Siemion, de Berkeley, calcula que el proyecto Breakthrough Listen podrá detectar una señal de radar similar a la emitida por un portaaviones procedente de los 1.000 sistemas solares más cercanos, según explicó la universidad en un comunicado. Gracias al mayor tiempo de uso de los telescopios y al desarrollo de nuevas tecnologías de análisis, “nuestra búsqueda será unas 100 veces mejor que todo lo que hemos hecho antes”, calcula Werthimer.

Yuri Milner, que estudió física teórica en Rusia, creó en 2012 los premios Breaktrhough, un galardón dotado con tres millones de dólares, más del doble que el Nobel, para impulsar el trabajo de los mejores científicos del mundo.

Un gran divulgador

Resulta una gran paradoja, sin duda, que un hombre que se involucró plenamente en la tarea de clarificar los conceptos científicos para el público medio (a diferencia de la mayoría de sus colegas, Hawking optó decididamente por la divulgación) se haya tenido que enfrentar duramente con la dificultad de poder comunicarlos.

No obstante, gracias a su empeño y tenacidad, no ha dejado de salvar los escollos que se derivan de sus discapacidades físicas. En 1989, en ocasión de su visita a España para recibir el premio Príncipe de Asturias, Stephen Hawking subrayó la importancia de que los ciudadanos de a pie posean las nociones científicas suficientes para participar en los debates que abren los nuevos avances científicos y tecnológicos, evitando que todo quede en manos de los expertos.

Ése es el mensaje que se descubre en algunos de sus libros más famosos, como Historia del tiempo: del big bang a los agujeros negros (1988), que ha sido traducido a treinta y siete idiomas y del que en pocos años se vendieron más de veinte millones de ejemplares.

En su propósito de hacer llegar el libro a un público amplio, Stephen Hawking renuncia a las fórmulas y a las exposiciones para especialistas, pero no abandona el tratamiento riguroso de la cuestión. Procede primero a una amplia exposición de las ideas cosmológicas actuales (el big bang y la expansión del universo), así como de los principales hallazgos de la física de las partículas, que explican a nivel subatómico cómo es la materia y las fuerzas que la gobiernan. Hawking pone de manifiesto la sorprendente convergencia de estas dos vías de investigación, que han dado nacimiento a una nueva disciplina: la astrofísica de las partículas.

El 8 de enero de 1942, en momentos en que la capital del Reino Unido sobrevivía bajo la permanente amenaza de los bombardeos alemanes, nacía Stephen Hawking en la ciudad de Oxford. Allí comenzó a estudiar en el University College, donde se licenció en 1962 con los títulos de matemático y físico. Por esa época era un chico de vida normal, cuyas singularidades eran su brillante inteligencia y un gran interés por las ciencias.

Pero en 1963, en el transcurso de una sesión de patinaje sobre hielo, el joven Stephen resbaló y tuvo dificultades para incorporarse. De inmediato se le diagnosticó un trastorno degenerativo neuromuscular, la ELA o esclerosis lateral amiotrófica. Los médicos supusieron que la enfermedad iba a acabar con su vida en pocos años; sin embargo, se equivocaron. Naturalmente, la vida de Stephen no fue la misma a partir de entonces, pero sus limitaciones físicas no interrumpieron en ningún momento su actividad intelectual; de hecho, más bien la incrementaron.