1o de Mayo: el triunfo definitivo de Costa Rica sobre la esclavitud

El 1o de Mayo de 1857, hace 160 años, el filibustero William Walker se rindió ante la evidencia de que había sido derrotado por las fuerzas centroamericanas. Costa Rica jugó un papel determinante en esta victoria al tomar control de la ruta del Tránsito, lo que impidió a Walker reabastercerse de hombres y armas mientras permanecía sitiado en la ciudad de Rivas. El 1o de Mayo es sin duda la fecha más importante de la Campaña Nacional de 1856-57 porque marca la victoria definitiva sobre las fuerzas invasoras, que pretendían restablecer el esclavismo en la región. El siguiente texto es uno de los capítulos de la novela "La Guerra Prometida" del escritor costarricense Oscar Núñez Olivas, que narra con personajes de carne y hueso esta apasionante odisea del pueblo costarricense. La obra, publicada en 2015 por la editorial Alfaguara, puede ser adquirida en la Librería Internacional.

Rivas

  −Los hombres piden que el general Walker venga a hablarles personalmente –dijo a Henninseng el capitán de una columna−. Tienen dos días de no comer, están débiles y no saben si su líder está vivo o muerto, así no hay forma de hacer que peleen.

  −El general Walker vendrá a hablar a sus hombres cuando lo estime conveniente. Usted simplemente siga las órdenes y haga que ellos también las cumplan.

  −A sus órdenes –se cuadró el capitán, pero al darle la espalda el coronel le hizo un gesto obsceno con el dedo, que fue celebrado a carcajadas por algunos de los soldados que se hallaban cerca.

  −Walker se burla de nosotros –gritó uno de ellos−. Nos ofreció dinero y tierras en abundancia y lo único que hemos tenido son balas y privaciones. Es una estafa.

  −Lo que deberíamos hacer es irnos –agregó otro−, antes de que nos maten a todos.

                              

Una bandada enorme de zopilotes sobrevolaba la ciudad. Las calles lucían desiertas y sucias. El hedor había crecido y el aire comunicaba esa sensación de abandono y perdición en que se hallaba sumida, pensó el capitán Davis mientras recorría la calle central custodiado por una pequeña escolta. El capitán fue llevado a la misma habitación de la primera vez, pero el hombre que lo recibía no era exactamente el mismo. Davis percibió una desmejora considerable del general Walker. Ahora se comportaba más huraño y evasivo. Incluso en su aspecto personal y en sus modales, en lo que siempre fue tan riguroso, se notaba el descuido y el descontrol imperante en su espíritu.

  −Espero que me traiga alguna buena noticia –dijo con un oscuro sentido del humor.

  −Depende de cómo tome usted mi propuesta –respondió el capitán Davis−. Podría ser la mejor noticia en medio de una situación insostenible.

  Walker le dirigió una larga mirada de desconfianza y esperó a que el capitán hablara.

  −Vengo a ofrecerle una salida honrosa –precisó.

  −La única salida honrosa que necesito es un contingente de hombres bien armados para aplastar a los invasores.

  Davis quedó momentáneamente extraviado por el calificativo que su compatriota daba a los nicaragüenses y centroamericanos que lo combatían. “Pensé que el invasor era usted, señor”, hubiera dicho en otras circunstancias, pero su papel en aquel tablado era convencer a Walker y para ello debía seguirle la corriente en todo lo que no fuera esencial a su misión.

  −Siento no poder ayudarle en ese sentido –dijo Davis−. Lo que le ofrezco es un barco y la protección del gobierno de los Estados Unidos para que usted y todos sus hombres viajen cuanto antes a Panamá y de ahí adonde quieran, siempre que no sea para regresar a Nicaragua.

  Walker sonrió vagamente.

  −Tengo más de seiscientos hombres en San Juan del Norte, listos para retomar el control del río y el lago de Nicaragua de un momento a otro. ¿Por qué habría yo de viajar a ningún lado?

  El capitán Davis se aclaró la garganta y bajó la mirada con el ánimo contrito de quien da la mala nueva a la viuda.

  −No sé de qué manera se ha informado usted, general, pero le puedo decir con absoluta certeza que el río San Juan está total y absolutamente controlado por las tropas costarricenses y que el coronel Lockridge sufrió una aplastante derrota.

  −Eso no es cierto –dijo Walker alzando la voz por primera vez en muchos días−. Mis hombres pueden sufrir un traspié pero no una derrota definitiva.

  −Puedo decirle de fuentes totalmente confiables que el coronel Lockridge y los oficiales que lo acompañaban embarcaron en una goleta británica  hace varias semanas. Todos los soldados, excepto los que murieron, por supuesto, o los quedaron gravemente heridos, hicieron exactamente lo mismo. Su ejército es lo que usted tiene aquí en Rivas, en la situación en que está –dijo Davis echando una mirada en derredor, como intentado ilustrar la gravedad de sus palabras.

  Walker quedó mudo y pensativo durante un largo rato, mientras Davis le sostenía una mirada incisiva.

  −Por otra parte, debe usted saber que los operadores de la Compañía del Tránsito han tomado la determinación de no enviar más barcos a Nicaragua. Es una decisión reciente pero le aseguro que mientras esta situación persista no va usted a recibir ningún auxilio desde Estados Unidos.

  −¿Me da usted su palabra de que dice la verdad respecto a Lockridge? –preguntó Walker.

  −Tiene usted mi palabra. La información que le doy me ha sido suministrada por vías oficiales, no tengo la menor duda al respecto.

  −Aprecio el valor de su palabra –insistió Walker− pero no creo que vaya a necesitar su barco. En el momento que decida salir de aquí solo tengo que llevar mi tropa a San Juan del Sur. Ahí me espera una goleta…

  −Siento informarle que tengo órdenes superiores de poner bajo custodia la goleta Granada y, en caso de que se resista, destruirla –interrumpió Davis.

  −¿Cómo dice? –saltó Walker de su asiento.

  −Le ruego que comprenda que no es un asunto personal, tengo jefes y obedezco órdenes. Antes de venir acá hice una visita al capitán del barco, el señor Faissoux, y le expliqué la situación.  Él se ha mostrado comprensivo y espera recibir órdenes suyas.

  Walker dio unas vueltas por la habitación. Su rostro, usualmente inexpresivo, mostraba ahora los signos de una enorme consternación. Intentaba parecer ecuánime, pero los sentimientos que le brotaban en avalancha se lo impedían. Davis insistió.

  −General Walker: las fuerzas que lo rodean son impresionantemente mayores que las suyas. Yo he tenido la posibilidad de comprobarlo. He hablado con los jefes de los ejércitos centroamericanos y me han dicho que están dispuestos a mantener el sitio semanas o meses hasta matarlo de hambre. Ellos tienen comida, municiones y todo el tiempo del mundo. Cuanto más tarde usted en convencerse de que no tiene salida, más grande será la derrota y más costosa en términos de vidas humanas. Los hombres que están aquí, en esta ciudad, son estadounidenses y mi misión es ayudar a salvar al mayor número de ellos.

  −¡Mentira! –exclamó Walker­−. Al gobierno de Estados Unidos le importa un cacahuate lo que le pase a estos hombres. Mejor dígame la verdad, ¿por qué el señor Buchanan quiere destruirme?

  Davis imitó al general, se puso de pie y dio algunos pasos por la habitación, sus manos cruzadas a la espalda, con gesto pensativo.

  −No estoy en capacidad de decirle cuál es el pensamiento del nuevo presidente, no sé si simpatiza con su causa o no, pero le puedo dar mi opinión a título personal, la interpretación que yo hago de lo que ocurre en Washington, si usted me lo permite.

  −Hágalo, por favor.

  −Al gobierno y a los hombres de negocios de Estados Unidos ha empezado a preocuparles el cierre de la Vía del Tránsito. Esta situación ha provocado trastornos serios en la actividad comercial, usted sabe cuánto dependemos de esta ruta para viajar de la costa este a la oeste y viceversa. Es lógico pensar que la administración del señor Buchanan quiera una solución pronta a este problema.

  −Entonces, ¿por qué no manda a la marina y la abre por la fuerza? No me diga que Estados Unidos le teme a ese hombrecillo que gobierna en Costa Rica.

  −Usted sabe que no, general. No se trata de temer a nadie, pero Estados Unidos tiene una política internacional y una diplomacia con las que debe contar para tomar sus decisiones. Inglaterra mantiene varios barcos de guerra en la bahía de San Juan del Norte y eso tiene un significado muy claro para Washington. Es un recordatorio de que existe un tratado que garantiza la neutralidad de la Vía del Tránsito y de que Londres no aceptaría una intervención militar directa de Estados Unidos en esta zona.

  Walker ya no quiso seguir argumentando. Se acercó al capitán Davis, le dio la mano y le prometió que en el transcurso del día le haría llegar una respuesta a su ofrecimiento.  Una vez que Davis se hubo marchado, mandó a llamar a Henningsen.

  −Coronel –dijo−, quiero que sepa que usted ha sido el mejor oficial que se unió a mi causa desde mi llegada a Nicaragua. Si solo hubiera contado con seis como usted, en estos momentos nuestra situación sería muy diferente. Quiero que se ponga en contacto con el capitán del St. Mary’s y acuerde con él los términos de la rendición.

  −¿Cómo dice? –preguntó Henninseng desconcertado, no porque no tuviera claro que todo estaba perdido desde mucho antes, sino porque imaginó que Walker resistiría hasta ver al último de sus soldados muertos y que al final se dispararía él mismo a la cabeza.

  −El capitán Davis me ha dado seguridad absoluta de que nuestras fuerzas en el San Juan fueron derrotadas y que el miserable de Lockridge salió hace semanas del país. Así que estamos sitiados y el gobierno de Estados Unidos nos quiere fuera de Nicaragua. Pues si es así, no voy a sacrificar inútilmente a quienes me han sido fieles hasta el final. Nos vamos a rendir, pero nunca ante esa raza desnaturalizada, antes preferiría inmolarme. Negocie de manera que la rendición sea ante el propio Davis, en representación del gobierno de Estados Unidos.

 

  El general José Joaquín Mora trataba de calmar los ánimos. La junta había durado horas y la discusión giraba una y otra vez en torno al mismo tema, interminablemente.

  −Los tenemos acorralados, podemos lanzar una ofensiva final con todos nuestros hombres, con todas nuestras armas y aplastarlos en sus propias madrigueras. ¿Por qué vamos a tener compasión de esos malditos? –argumentó Zavala.

  −No se trata de tener compasión de ellos –replicó Martínez− sino de nuestros propios compatriotas. Un ataque como el que usted propone significa el sacrificio de cientos de nuestros soldados. Por muy debilitado que esté  Walker aún cuenta con no menos de cuatrocientos hombres bien atrincherados y tiene suficiente parque para hacernos daño. ¿Qué sentido tiene llevar a nuestra gente a una masacre cuando podemos lograr lo mismo sin disparar un tiro?

  −Insisto –intervino Jerez−. Nuestro principal objetivo es sacar a Walker de Nicaragua y  Centroamérica. El capitán Davis nos asegura que lo ha convencido de salir con toda su gente y de regresar a su país. Eso es todo lo que importa, todo lo demás es cosa de formas.

  −¿Y quién garantiza que no va a regresar con más hombres y armas dentro de un mes o dentro de un año? Ese hombre está obsesionado –afirmó Zavala.

  −Pues… si algo hemos aprendido de esta experiencia es que debemos estar preparados siempre –replicó Martínez−, pero si Walker o cualquier otro extranjero regresa con afanes de conquista, ese será otro capítulo. Este debemos de cerrarlo hoy mismo.

  −Al menos deberíamos exigirle a ese capitán que nos entregue a Walker para juzgarlo aquí, en Nicaragua, pero si ustedes no quieren hacerlo, yo me lo llevo a Guatemala y allá lo fusilamos.

  Mora hizo un gesto con la mano para pedir que lo dejaran hablar. Desde que recibió a Davis en el cuartel general de San Jorge, el comandante de las fuerzas aliadas centroamericanas había meditado incansablemente sobre el tema y había llegado a una conclusión que creía justa. No la más gloriosa, ni la más gratificante, pero sí la más justa para todos, para cada uno de los hombres que habían luchado contra el invasor filibustero, para los que murieron y los que seguían vivos, para sus familias, para los pueblos de los cinco países.

  −Ustedes –habló− me han honrado designándome comandante en jefe de las fuerzas aliadas. En el uso de mis facultades pude haber llegado a acuerdos con el capitán Davis y resolver este tema de una sola vez, pero no estaba en mi ánimo tomar una decisión tan grave como ésta sin antes escuchar sus opiniones. Sin embargo, ya todos hemos expuesto nuestro punto de vista y hace mucho rato que no hacemos más que reiterar argumentos. Me parece que la opinión de la mayoría es clara: el momento al que hemos llegado podría ser irrepetible. Tenemos a Walker acorralado, el gobierno de Estados Unidos nos ofrece llevárselo y evitarnos la carnicería que podría representar un asalto final a Rivas. Nadie podría imaginarse siquiera que esa decisión sea fruto de la cobardía, porque hemos dado muestras suficientes de valor. Hemos luchado por nuestra libertad  pagando cuotas de sangre muy altas, pero hoy ya no se trata de eso. De lo que se trata es de regalarle a nuestros pueblos la paz necesaria para seguir trabajando y prosperando; se trata de volver a reunir a miles de familias en torno a la mesa y del festejo, no del luto por un ser querido del que ni siquiera podrán recuperar el cuerpo para darle cristiana sepultura. Señores, por mucho que William Walker se esfuerce en salir de Nicaragua con dignidad, lo cierto es que lo hemos derrotado. Se entrega al señor Davis creyendo que con eso se evita la humillación, pero somos nosotros, los centroamericanos, quienes lo hemos vencido. Eso lo sabrá el mundo hoy y lo recordará la historia, no les quepa la menor duda. Y, a partir de este momento, los cinco gobiernos de Centroamérica trabajarán juntos para levantar una muralla infranqueable contra cualquiera que ose amenazar nuestra independencia. Permítanme ahora recibir al capitán Davis y a ese canalla de Charles Henninseng para acordar los términos de la rendición, les aseguro que me dará un gusto inmenso ver cara a cara al verdugo de Granada y reírme de su derrota en nombre de los ciudadanos de este país y de Centroamérica.

 

Cuando se formaron en la plaza central, la mayoría de los filibusteros ya conocía el objetivo de la concentración. La guerra había terminado. Habían participado en el entierro de las armas (fusiles, obuses, cañones); cincuenta y cinco mil tiros y mil quinientas libras de pólvora. Los sueños de haciendas y fortunas quedaban sepultados allí bajo todo aquel arsenal y a lo sumo les quedaba la esperanza de salir con vida. El general Henningsen se subió a un taburete y con voz firme leyó el breve mensaje que William Walker (el tío Bill, para muchos combatientes) había dejado antes de salir de Rivas en secreto, flanqueado por dieciséis oficiales. El convenio firmado con los aliados y el capitán Davis le permitió llevar su uniforme de gala, con sus entorchados y medallas, y la espada al cinto, símbolo de su dignidad de jefe militar y presidente derrocado. Desde que salió de su refugio en Rivas, el general se mantuvo en el más absoluto e inalterado silencio. No dijo una palabra en el camino y tampoco sus oficiales se atrevieron a pronunciar una palabra. En silencio abordó el Saint Mary, se recluyó en el camarote que le habían asignado y dejó un edecán en la puerta para informarle al capitán Davis o a cualquiera que llegara a buscarlo que no estaba disponible.

  −El general en jefe –leyó Henninseng a la tropa− desea informar al ejército que, en razón de las solemnes seguridades que el capitán Davis le ha dado de que el coronel Lockridge con su ejército entero ha salido del río San Juan para los Estados Unidos, ha decidido abandonar esta plaza y posponer el logro de la meta por todos anhelada.  El comandante en jefe, separándose por ahora de los camaradas valientes que han sostenido nuestra causa en tiempos malos y buenos, desea darles a los oficiales y soldados de su mando las más profundas y verdaderas gracias. Reducidos a nuestra situación presente por la cobardía de algunos, el ejército ha escrito una página en la historia americana, la cual es imposible olvidar ni borrar. Del futuro como del presente podemos esperar un juicio justo”.

  El oficial no dijo una palabra más. De varios puntos de la plaza se alzaron abucheos y chiflidos, pero la mayoría rompió la formación con semblante lánguido, sin saber hacia dónde, exactamente, dirigir sus pasos.  Charles Frederick Henningsen se dejó arrastrar por los recuerdos de sus muchas aventuras militares en España y Hungría y llegó a la conclusión de que ninguna había tenido tan triste e indecoroso final. Pasó un momento a la casa en que se alojaba, tomó una mochila con efectos personales que ya había dejado preparada y, escoltado por dos oficiales aliados, se enrumbó apresuradamente hacia San Juan del Sur, donde le esperaba el mismo barco que transportaría al general William Walker, con quien nunca más habría de compartir una aventura.