La política de carne y hueso, con un poco de sangre

Por Oscar Núñez Olivas (*). El domingo anterior, durante el debate televisivo que sostuvieron los precandidatos del Partido Liberación Nacional, Antonio Álvarez Desanti le propinó una brutal paliza a José María Figueres, metiendo la daga hasta el fondo en su punto más vulnerable: el caso de las comisiones de Alcaltel.

Con indignada voz, el eterno aspirante presidencial le reprochó al expresidente el autoexilio de oro que se regaló durante una década en Suiza, mientras él  (Alvarez Desanti),  daba la cara por el tránsfuga en las pasadas elecciones, “explicando”, de pueblo en pueblo, lo inexplicable: los 2,7 millones de dólares pagados por la compañía francesa a Figueres y a dos de sus acólitos por supuestas asesorías. (En un proceso judicial contra funcionarios de Alcatel en Estados Unidos, tales pagos fueron conocidos con otro nombre: sobornos).

“Usted miente, Antonio”, dijo Figuerillos y cambió de tema a toda velocidad. Ni una palabra más sobre el tema.

La respuesta, o parte de ella, vendría dos días después. La Fiscalía detiene a uno de los hombres cercanos a la campaña de Alvarez Desanti, el dirigente cooperativista Freddy González, a quien acusa de ser parte de una “red criminal” que otorgó miles de millones de colones en préstamos irregulares desde el Instituto Nacional de Fomento Cooperativo (Infocoop). Se habla de pérdidas de 9.000 millones de colones.

En esto solo cito las afirmaciones del Ministerio Público, de las que siempre dudo metódicamente y por principio (ni las creo ni las descarto), como proponía Descartes, porque a menudo ocurre que, ya en estrados judiciales,  los escándalos de la Fiscalía acaban en puro ruido de tarros.

El punto es que González era el coordinador del área cooperativa de la campaña de Desanti. Por supuesto, el candidato separó al inculpado de su movimiento e hizo como que el asunto no era con él. Pero claro que el tiro iba directo y no hace falta mucha malicia para entenderlo.

Para llegar a tal conclusión basta responder a unas pocas preguntas:

¿Por qué el Ministerio Público destapó el tamal precisamente esta semana y no la siguiente, por ejemplo, a sabiendas de que el tema rozaría inevitablemente con la convención interna del PLN?

¿Por qué el fiscal general, Jorge Chavarría, que no se pierde un festín mediático de ese tamaño ni amenazado de muerte, estuvo ausente en esta ocasión? Es públicamente conocida la estrecha relación de este señor con los hermanos Arias, que a su vez son los que sostienen la cruceta en la campaña de Alvarez Desanti.

¿Se hizo a un lado Chavarría para que no se le embarrara o, por el contrario, alguien aprovechó su ausencia para asestar el golpe?

No me extrañaría que en cualquier momento se ventilaran otros antecedentes no muy encomiables de Alvarez Desanti, como el oscuro caso de la compra de tierras protegidas que le fueron arrebatadas a una reserva indígena de Panamá, donde el ahora precandidato liberacionista planeaba construir un centro de atracción turística.

Una vez más constatamos que la política de carne y hueso (y muy especialmente la de los partidos políticos tradicionales) conlleva sangre. Así ha sido desde el principio o por lo menos desde hace muchos años.

En 1988, le fue decomisado a Mario Valverde Zamora, en el aeropuerto Juan Santamaría, un maletín con 760.000 dólares en efectivo, producto del narcotráfico. Según las autoridades el dinero iba dirigido a Ricardo Alem, jefe de signos externos de la campaña de Oscar Arias en el 86 y, en ese momento, representante de Costa Rica ante el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), nombrado por el premio Nobel.

Dentro de la valija, misteriosamente, apareció un puño de calcomanías de la campaña que Rolando Araya iniciaba para las elecciones del 90, algo que Araya siempre ha denunciado como un montaje de Arias destinado a sacarlo de la contienda electoral en el PLN.

De veras, ¿alguien piensa que ese PLN, el de los grandes peculados y defraudaciones, el de los caudillismos y las conspiraciones de camarillas, ha sufrido una transformación? ¿O hay quienes piensen que vale la pena regresar al pasado? Quizá, pero yo no, gracias.

(*)  Oscar Núñez Olivas, periodista y escritor.