Dibujo para colorear de la artista plástica Raquel Bolaños, en el aniversario del asesinato de Berta Cáceres.

El asesinato de Berta Cáceres, el 3 de marzo de 2016, develó la guerra de “alta intensidad” que se libra por la defensa de los territorios, ante los intereses que existen por vaciarlos, ocuparlos y extraer de ellos todos sus recursos. Las y los activistas y líderes son blancos de combate. En “combo” vienen la minería, las represas y las maquilas. Este es un círculo vicioso de muerte: Se produce electricidad para consumir energía en la extracción de minerales y se desplaza y fragmenta a las comunidades. Esto alimenta pobreza y hace que germine la violencia en forma de maras (pandillas) y de una crisis humanitaria con migraciones de miles de personas. Éstas, terminan en una maquila si no mueren en el camino de terror hacia el Norte, mientras se recrudecen las expresiones de xenofobia y homofobia, donde se vulnerabilizan aún más mujeres y niños.

Berta Cáceres fue una mujer indígena lenca que, durante los últimos 20 años, trabajó en la defensa del territorio y los derechos del pueblo lenca. En 1993, Berta co-fundó el Consejo Cívico de Organizaciones Indígenas Populares de Honduras (COPINH), el cual organizó feroces campañas contra los megaproyectos que violaban los derechos ambientales y la tierra de las comunidades. El COPINH fue fundado en el contexto de celebración de los 500 años resistencia indígena negra y popular y de solidaridad, en un campamento de refugiados salvadoreños que fueron parte del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), según me comentó Gustavo Castro, en una larga conversa que tuvimos en su visita a Costa Rica, en setiembre de 2016.

Haciendo un recorrido por el trabajo conjunto con Berta Cáceres, están los Encuentros Mesoamericanos por la Defensa de los Ríos, viajes, visitas y un ir y venir intermitente, que nos ligó desde inicios de la dedada pasada. Qué mejor forma de conocer el pensamiento político de alguien que por su acción y su práctica en esos momentos de la vida.

En aquellos días, los foros mesoamericanos contra el Plan Puebla Panamá empezaron a juntar a una primera y a una segunda ola de activistas de distintos movimientos sociales. Algunas personas que habían estado en los grupos insurgentes de los conflictos armados centroamericanos y que seguían comprometidas con las transformaciones se encontraban con las nuevas generaciones de activistas y con muchas comunidades de sobrevivientes, quienes hoy enfrentaban otras guerras de distintas intensidades por la defensa del territorio. En Costa Rica, veníamos en caliente de celebrar la derrota del “combo” eléctrico[2] y las luchas contra la minería y contra las petroleras en el Caribe.

Iniciamos esos foros mesoamericanos con muchos amigos y amigas, y fueron un espacio de encuentro, intercambio de estrategias y, sobre todo, para conocernos y hacer catarsis, que es al final lo más importante, hacer tejido y calor humano.

De estos espacios y momentos recuerdo a Berta como un pequeño radar que tomaba apuntes escritos y tenía la cara de un triple esfuerzo -por la mediación pedagógica, por la interpretación cultural y por la contextualización inmediata-. Trataba de entender para traducir y explicar a su pueblo, regalando siempre sonrisas y con una aguda capacidad para asimilar, incorporar, crear, trasmitir, adaptar y recrear casi de inmediato.  

Durante la época de las protestas por su asesinato me sorprendió el debate que hubo sobre la integralidad política de Berta: eso de ser feminista, indigenista, comunitarista, ambientalista, socialista. La gente siempre anteponía algún “ista”, a otro. Si hay una aspiración para cualquier ser humano que quiera cambiar el mundo es ser más integral; no dividirse en cubitos o compartimentos, sino tratar de incorporar todas estas dimensiones críticas y de consecuencia en sus acciones, motivaciones y pensamientos.

Nos encontramos con Berta en la región y en el 2005 fuimos a parar a Tailandia, en un viaje épico con representantes del movimiento mesoamericano anti represa, con toda su diversidad étnica. Recuerdo que de regreso de Asia, nuestra parada en tránsito fue París, a donde llegamos en medio de una tormenta y del frío de diciembre. Teníamos varias horas antes de que saliera nuestro vuelo a México. Yo les juré que conocía París como la palma de mi mano; pero en realidad nunca había estado ahí. Berta y Gustavo Castro, los más sensatos, se quedaron en el aeropuerto por frío o por prudencia. Los demás salimos a una ciudad invernal y hermosa en plena madrugada. Iban con sus trajes indígenas, paños, cobijas y media maleta encima.

Recuerdo a Berediana Rodríguez, quien fundara el tan criminalizado movimiento contra la represa en el río Tabasará (Panamá), con tres de sus miembros asesinados; a Agustín Tevalán, del movimiento anti represas en el río Usumacinta (frontera México-Guatemala), con un asesinado; al compañero del pueblo originario Embera Katío (Colombia), que iba en representación de Kimy Pernía Domicó, desaparecido y asesinado por paramilitares, por su defensa del rio Sinú, frente al proyecto hidroeléctrico Urrá; al mexicano Rodolfo Chávez, del movimiento opositor a la hidroeléctrica La Parota en el estado de Guerrero. En este caso ya suman 8 personas -entre ellos un bebé de 4 meses- asesinadas por paramilitares que trabajan por la construcción de la represa. También estaba ahí Carlos Chen, sobreviviente de la masacre de Río Negro en 1978 (Guatemala) por la construcción de la represa Chixoy.

En París todas y todos volvimos a ser niñas y niños, corriendo por los Campos Elíseos, por la Torre Eiffel, desaforados y alegres, la gente nos huía, como es lo natural del parisino. Esta podría ser una de las escenas más extrañas e irreverentes en las que he estado. Parecíamos una postal de una película de Alejandro Jodorowsky. Al final juntamos 20 euros y tomamos vino y comimos chocolates, quesos y pan francés, en medio de los parques de Notre Dame, y guardamos un poco para compartir con Gustavo y Berta.

Menciono a estas y estos compañeros porque son sobrevivientes de este mapa y de la lista de más de 50 asesinatos entre el 2000 y 2016, por oponerse a los proyectos hidroeléctricos en la región. En Guatemala (17), Honduras (14), México (8), Colombia (7), Panamá (3) y El Salvador (1). Entre estos hay cuatro de mujeres y por los menos dos de menores de edad de 11 y 13 años. El 2013 fue el año más sangriento con 10 asesinatos, y el 2014 hubo 12. Mención aparte merecen los 27 sindicalistas colombianos asesinados en conflictos con Unión FENOSA (ver más).

Estas muertes son sólo la "punta del iceberg" de una dinámica de impunidad y terror que envuelve a cada una de las comunidades que viven en violenta represión. Se han instaurado las prácticas de estigmatización, judicialización, acoso, torturas, desapariciones y otros instrumentos para evitar que las comunidades hagan valer sus derechos de acceso y decisión sobre los recursos naturales y, sobre todo, de llevar adelante su resistencia y oposición a la realización de los proyectos hidroeléctricos en cuestión. Se ha instaurado así una dinámica terrorista, sostenida por una élite dominante, que podría llamarse "hidrogarquía", al hallar un nicho de negocio multimillonario en la venta de energía, primordialmente a las transnacionales extractivistas.

En el tercer aniversario de su asesinato quisiera rescatar la forma de resistencia que nos propone Berta, quien dijo: “Pese a que es muy duro, muy doloroso, hemos aprendido también a luchar con alegría, a luchar con esperanza, con fe. Hemos aprendido a luchar en diversidad. Hemos aprendido a luchar con música, con ceremonias, con espiritualidad. Donde nos acompañan nuestros ancestros y ancestras, nuestros Nahuales, nuestros espíritus. Eso es. Creo que eso es lo que nos alienta. Y saber que aquí no hay otro planeta de repuesto. Solo hay uno."

(* Coordinador, Programa Kioscos Socioambientales de Universidad de Costa Rica y profesor del IDELA-UNA. Gracias a Fabiola Pomareda por la edición

).[1] Este artículo está basado en una exposición presentada en el III Simposio Internacional en Violencia y Sociedad, realizado en el 2017, en la Universidad de Costa Rica (UCR).

[2] Manifestaciones y protestas populares contra la Ley para el Mejoamiento de los Servicios Públicos y Telecomunicaciones y la Participación del Estado”, o privatización del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), en el 2000.