Conocía de Juan Ramón la mayor parte de su obra literaria, incluyendo las novelas “Desertor” y “Los últimos días”, así como el libro de cuentos “Este gris laberinto”. No dejó de sorprenderme su incursión en el género del ensayo histórico, aunque ya teníamos su obra ensayística “El Padre Juan Garita, fundador de la literatura costarricense”, que confieso no haber leído aun... No obstante, al adentrarme en las páginas de “Guayabo”, descubrí que el oficio de contador de historias no le abandonó tampoco en esta empresa y que bajo las líneas rigurosas de la crónica asoma un mundo de personajes y experiencias tan vívidos como los de una novela.  

Guayabo, como lo expresa el título, es la historia de un latifundio. Un latifundio oculto durante largo tiempo en las profundidades de la planicie guanacasteca. Un latifundio que devino pueblo en medio de la canícula perenne de la pampa. Un latifundio atravesado por dos ríos serenos y custodiado por un gigante de entrañas ígneas, el volcán Miravalles.

No todos los muñecos de madera logran el sueño de convertirse en niños, como no todos los latifundios tienen la suerte o el carácter para llegar a convertirse en pueblos de verdad. Algunos lo logran, pero no son muchos. Aún son menos aquellos que tienen la fortuna de ser narrados. Guayabo ha encontrado en uno de sus hijos, el escritor Juan Ramón Rojas, al amanuense de su épica.

La obra no tiene pretensiones de tratado. Es breve, concisa y evocativa. En pocas páginas nos hace un trazado muy visual de las condiciones económicas y sociales que prevalecían en esta pequeña localidad, de su particular topografía, de su lento pero firme crecimiento y del papel que en ese proceso jugaron algunos personajes-clave.

En sus páginas usted puede leer, como quien lee una novela, cómo se fueron sumando los progresos: el desarrollo de la escuela, la construcción del alcantarillado, la carretera, el puente, la clínica. Y más tarde el turismo y la energía geotérmica y muchas otras cosas que han ido confiriéndole a Guayabo el perfil de una comunidad próspera.

Guayabo no siempre se llamó Guayabo. Otrora fue simplemente la Hacienda Miravalles, nombre que con toda certeza obedece a la circunstancia de que el terreno se extiende sobre el regazo del cerro homónimo, un volcán dormido bajo una densa capa de selva tropical, pero que “mantiene aún actividad de batideros y solfaratas”, nos dice una reseña de parques nacionales.

En su recorrido, el autor nos lleva hasta aquella hacienda a mediados del siglo XIX, cuando seguramente no entraban ni las carretas. Y asombrosamente, vemos aparecer por ahí personajes muy conocidos de la historia nacional. Pacífica Fernández, esposa del presidente José María Castro Madriz y diseñadora de la bandera nacional;  Crisanto Medina, un socio en frustradas aventuras bancarias del presidente y héroe nacional Juan Rafael Mora Porras;  el también presidente Tomás Guardia, otro héroe de la guerra nacional contra los filibusteros; John Minor Keith, sobrino de Minor Keith, el constructor del primer ferrocarril en Costa Rica. Entre otros.

¿Qué tenían estos personajes en común, además de ser miembros relevantes de la oligarquía de aquel momento? Pues… Guayabo, o si prefieren, la Hacienda Miravalles.

Resultaría arduo clasificar la obra, si es que hubiera necesidad de hacerlo.  ¿Testimonio? ¿investigación periodística? ¿ensayo histórico? En realidad, es difícil dar una respuesta categórica porque en ella se entrecruzan múltiples estilos, diversos enfoques y propósitos. Sin embargo, me atrevería a vaticinar que es el germen de una gran novela. Para ello cuenta con todos los ingredientes. Tiene una historia de valor universal. Nos cuenta cómo nacen, crecen y se hacen adultas las sociedades rurales, cómo van estructurando su tejido social al tiempo que construyen su infraestructura económica, cómo forjan los mitos que les dan unidad y sentido de pertenencia a sus miembros.

Tiene los personajes: héroes, anti-héroes, protagonistas y antagonistas, principales y secundarios. Le sobran los conflictos, los momentos climáticos y los desenlaces. Incluso se insinúan ya los diálogos en las entrevistas que conforman la segunda parte del texto.

En otras palabras, le bastaría al autor reestructurar el relato para ajustarlo a su particular manera de elaborar la ficción y probablemente sumaría un título notable a su catálogo de novelas. Claro está, no es indispensable que lo haga. En lo personal, me gustaría, por mera manía novelesca, pero la obra que hoy estamos presentando se sostiene sola, es un aporte muy significativo a la historia de Guayabo, de Guanacaste y de la Costa Rica rural, que rara vez aparece en los libros de los historiadores.

Debemos agradecer a Juan Ramón este esfuerzo porque, aunque sé que lo hizo movido por la nostalgia de sus raíces, ha hecho un legado muy valioso al re-conocimiento de nuestra geografía histórica. Quizá (ojalá) muchos escritores se contagien de ese impulso de escribir la biografía de tantos pueblos que solo conocemos de nombre y que esconden historias maravillosas.