Claudia Sheinbaum, nueva alcaldesa de la ciudad de México.

Sheinbaum parece en sus formas la antítesis del mandatario mexicano. No es una líder de masas, apenas sonríe en los actos públicos y, aunque se esfuerza por disimularlo, se desenvuelve mejor en una conferencia entre científicos que gritando consignas sobre un escenario ante decenas de simpatizantes. Pese a todo, logró arrebatarle el poder en las pasadas elecciones al histórico PRD —encabezado por Ajelandra Barrales en coalición con el PAN y Movimiento Ciudadano— que había tenido el control de la capital durante más de dos décadas. Ahora, por primera vez, la capital y el país estarán gobernadas por el mismo partido, Morena, algo que no ocurría desde que se celebraran los primeros comicios en el entonces Distrito Federal, en 1997.

Cuando lanza propuestas, los argumentos de Sheinbaum suelen ser cautelosos con los posibles resultados y huye de las grandes promesas, incluso durante la campaña. Declara orgullosa que ella misma escribe sus discursos y anota fórmulas matemáticas que le sirven para sintetizar las ideas. Su pragmatismo lo ha llevado incluso a la forma de vestir: cada día elige un uniforme que consiste, sin apenas variaciones, en una camisa blanca, jeans y pañuelo al cuello. Una decisión que le permite centrar la atención únicamente en su discurso. La última encuesta de Parametría, obtenida por este diario, apunta a que la opinión generalizada sobre su imagen es "muy buena", con 37 puntos (López Obrador tiene 45 en la capital).

Se define como una política de izquierdas —afín a las alcaldesas de Madrid, Manuela Carmena y de Barcelona, Ada Colau; aficionada a seguir las intervenciones de los líderes de Podemos en el Congreso español—, comprometida con la diversidad cultural, el medio ambiente, defensora de los pueblos originarios de la capital y de los derechos reproductivos de la mujer. No duda en reconocerse feminista, aunque durante su campaña cargó en sus filas con una contradictoria coalición: un partido de origen evangélico y de ultraderecha, Encuentro Social (PES), que también acompañó a López Obrador en su carrera a la presidencia. Una formación que reconocía públicamente estar en contra del aborto y del matrimonio homosexual. Pero la victoria de Morena, nacido para ganarlo todo hace cuatro años, estaba por encima también de los principios ideológicos.

Sheinbaum toma este miércoles las riendas de una ciudad que ha sido un referente para América Latina en la conquista de derechos civiles —como el aborto legal y el matrimonio homosexual—, logros que se gestaron desde la izquierda en el Congreso local y que significaron grandes avances para otros Estados del país. Una gran metrópoli por la que circulan más de 20 millones de personas que, por primera vez en su historia, será gobernada por una mujer elegida en las urnas: antes que ella, Rosario Robles obtuvo ese cargo durante poco más de un año sin ganar unas elecciones, encargada de sustituir a Cuauhtémoc Cárdenas, entre septiembre de 1999 y diciembre de 2000.

Su Gobierno enfrenta grandes retos. La violencia que han provocado las luchas de los cárteles locales de la droga —los homicidios no han dejado de crecer desde hace años, con 883 asesinatos entre enero y septiembre de 2018—, que ha roto la sensación de oasis para el resto de la República, propone combatirla con una estrategia similar a la que adoptó López Obrador durante sus años a cargo de la capital (de 2000 a 2005): centralizar la seguridad en el Gobierno de la Ciudad de México, con reuniones diarias de un gabinete especializado y la imposición de un mando único. Además, ha creado una nueva Secretaría de la Mujer, en una ciudad donde los feminicidios alcanzan la cifra de tres a la semana.

Otras de las prioridades que ha destacado el nuevo gabinete son atajar la falta de agua en muchas delegaciones del sur y sureste, los intolerables niveles de contaminación —ella fue secretaria de Medio Ambiente durante la jefatura de López Obrador en la capital—, la ineficiencia del sistema de transporte público (especialmente en la periferia) y la reconstrucción de una ciudad que se encuentra en una zona sísmica, que cuenta con cientos de edificios dañados y muchos derrumbados por el temblor del 19 de septiembre de 2017, que le costó la vida a más de 300 habitantes y provocó el desalojo de cientos de familias, muchas de ellas no han recibido ayuda económica todavía.

El terremoto fue también su talón de Aquiles durante la campaña electoral. Sheinbaum gobernó desde 2015 la alcaldía de Tlalpan y durante su Gobierno tuvo que lidiar con uno de los episodios más terribles de aquella tragedia. En esta delegación se derrumbó un colegio donde hubo 26 muertos: 19 niños y siete adultos. Las imágenes se convirtieron en un símbolo de la catástrofe. Y las irregularidades de aquella construcción marcaron la etapa final de su legislatura y su campaña. Sus rivales políticos la convirtieron en el centro de sus ataques, pues responsabilizaron al Gobierno local de la ilegalidad de la obra y de la gestión de aquella crisis.

El principal desafío de Sheinbaum es lograr que la política nacional no empañe su legislatura. La elegida por López Obrador para llevar las riendas de la ciudad corre el riesgo de ser eclipsada por un líder federal que hasta ahora ha prometido centralizar en su equipo las grandes medidas para el país y también la comunicación, con conferencias de prensa diarias sobre sus avances. La nueva jefa de Gobierno liderará una capital que, por primera vez desde que se constituyó como independiente del poder central hace 21 años, no supone una oposición política al Gobierno nacional. Y algunos de sus adversarios, como el excandidato a la jefatura, Marco Rascón, advierten de los peligros de "invisibilizar" el Congreso local y convertirlo en una versión subordinada del federal: "Tenemos que ver si Sheinbaum estará condenada a ser una mera administradora de las decisiones que se van a tomar en otra parte", señala. Emanciparse del poder absoluto de López Obrador, dan por hecho sus afines, no solo le permitirá lograr un cambio de imagen de la capital de México. La reivindicaría como una de las políticas con más futuro del país y de América Latina.