El Liceo de los machitos y la tragedia de Sebastián

Por Oscar Núñez Olivas. - “No es que somos muchos, es que somos machos y, si somos muchos, somos muchos machos”. Aún resuenan en mis oídos esas palabras, gritadas a coro y a todo pulmón cuando enfrentábamos a estudiantes de otros colegios en competencias deportivas. Entonces, ningún miembro del personal docente o administrativo veía una incorrección en ello. Al fin de cuentas, la consigna se acomodaba muy bien al objetivo: formar la varonil ciudadanía del futuro.

Ese fue en esencia el grito que, hace algunos días, brotó de alguna parte del Liceo de Costa Rica y condujo a Sebastián, de apenas doce años, a encontrar la muerte bajo las ruedas del tren. Su madrina asegura que el niño fue azuzado por estudiantes hasta ahora anónimos que le desafiaban a cruzar la línea del ferrocarril para demostrar su hombría.

Cuando ingresé al Liceo de Costa Rica, hace muchos años, tenía la edad de Sebastián. Mi experiencia de iniciación en la masculinidad fue ser arrojado a la parte honda de la piscina en la primera clase de educación física. No sabía nadar y me habría ahogado de no ser porque algún compañero (ojalá retuviera su nombre porque le debo la vida) me ayudó a salir a flote. No recuerdo que alguien hubiera sido sancionado por esta “travesura” tan varonil. No obstante, cinco años más tarde, próximo a presentar los exámenes de bachillerato, fui expulsado del Liceo por tener la valentía de sostener posiciones políticas diferentes a las de mis profesores.

“No es que somos muchos, es que somos machos y, si somos muchos, somos muchos machos”, gritábamos.

Sospecho que ese sigue siendo el eslogan del Liceo de Costa Rica, no estoy seguro. De lo que sí estoy convencido es de que el espíritu contenido en esas dieciséis palabras aún recorre los pasillos de la institución, más o menos desembozadamente. Porque, según postula la ley de la inercia institucional, aunque las personas cambien, las instituciones tienden a conservar su naturaleza si nadie las sacude.

Ahora se denuncian las situaciones de matonismo que muchos adolescentes sufren tras las venerables paredes de una de las instituciones educativas más antiguas del país, o por primera vez se les toma en serio. Para que ello ocurriera tuvo que morir un inocente.

El Organismo de Investigación Judicial (OIJ) y el Ministerio de Educación investigan la tragedia. Ojalá se aclaren los hechos, pero hay una realidad que no necesita ser investigada porque está a la vista: el modelo de masculinidad que prevalece en nuestro país (y en muchos otros, no vaya usted a creer que somos muy originales) genera violencia.

El machismo no es un tema que concierna únicamente al trato discriminatorio hacia las mujeres, intrínsecamente tiene que ver también con la construcción de la personalidad masculina. El buen macho es duro, agresivo, inmune al sentimiento, desafía el peligro y soporta e inflige dolor. Quien quiera ingresar al club de los machos debe ser así, y así debe seguir siendo de por vida porque siempre se le estará observando y exigiendo pruebas de masculinidad.

Por el contrario, quienes no respondan bien a este modelo serán etiquetados como playos y condenados al desprecio y la burla general. Pero esta no es una categoría a la que se ingrese exclusivamente por inclinación sexual, sino además por la falta de hormonas para reproducir el estilo bronco de la “machitud”.

Así nos formamos y así se están formando nuestros hijos. Y mientras este modelo no sea desmontado, seguiremos siendo una sociedad esencialmente violenta, porque la mitad masculina de la población es educada para reproducir el modelo de macho bruto, insensible y, en última instancia, proclive a la agresión.

La tragedia de Sebastián pudo haber ocurrido en cualquier otro centro educativo. De hecho, todos los días se producen tragedias de diferente tamaño e intensidad en los colegios del país -púbicos y privados- a causa del matonismo o bullying, como ha dado en nombrar el fenómeno nuestra manía anglófona.

Pero ocurrió en el Liceo de Costa Rica. Y llama la atención que haya sido precisamente en esa institución, la única del sector público que continúa siendo exclusivamente para varones, según un esquema del siglo XIX, y que solo perpetúa en nuestro país un colegio privado adscrito al Opus Dei.

Privar a los adolescentes varones del contacto cotidiano con muchachas de su edad es un anacronismo, afecta el desarrollo emocional de los jóvenes y es caldo de cultivo para un machismo exacerbado. La primera y más urgente medida que debe adoptar el Ministerio de Educación frente al doloroso incidente que nos ocupa es convertir esa cofradía de varones en un colegio mixto, como todos los demás.