De los juramentos futbolísticos y la supina ignorancia

Por Oscar Nuñez Olivas - A estas alturas, uno va asumiendo que las redes sociales son lo que son y que no  debe esperarse de ellas contenidos altamente constructivos, al menos no con frecuencia. Sin embargo, el acalorado debate que se libra en estos días sobre la juramentación de la selección nacional de fútbol provoca escalofríos, porque revela un grado de estulticia y de retroceso civilizatorio verdaderamente preocupante.

El tema ya es ampliamente conocido: la insistencia de un sector de internautas en atacar al presidente Carlos Alvarado porque no incluyó la invocación a Dios a la hora de juramentar a los jugadores que representarán a Costa Rica en la Copa Mundial de Fútbol.

Con más o menos disimulo, argumentando razones de constitucionalidad y otras majaderías análogas, han querido dar a esta situación un sentido de conspiración maligna. “¿Viste qué horror? El presidente está excluyendo a Dios de los juramentos, nos estamos hundiendo en el Estado ateo, por este camino vamos a la catástrofe moral… etc., etc.”

Una discusión absurda que me obliga a pensar en el medioevo europeo, en el que primero la iglesia -y luego los estados- levantaron los escalofriantes tribunales de la Inquisición para perseguir la brujería, la herejía y el judaísmo.

Toda la sociedad medieval estuvo mortificada por una legión de serviles dedicados a observar la conducta de sus semejantes. Una mujer que colectara hierbas medicinales era acusada de bruja; quien rechazara comer carne de cerdo debía ser un apóstata; quien dudara de alguno de los dogmas de fe católicos era un hereje. Delitos todos castigados con la horca o la hoguera. La Inquisición, particularmente la española, victimizó a miles de personas cuyo único delito fue disentir, pensar o sentir diferente. Y muchas veces solo aparentarlo.

Durante los 229 años transcurridos desde la Revolución Francesa, la Humanidad ha recorrido un largo camino en la ruta hacia la consolidación de un sistema universal de derechos humanos y la libertad de conciencia constituye uno de sus pilares.

Libertad de conciencia quiere decir que nadie, ni el Estado, ni personas, ni grupos confesionales, puede imponerte sus creencias. Que podés creer en Jesucristo lo mismo que en Mahoma; reverenciar a la Virgen o decirle que es un demonio, venerar a los santos de yeso, leer la Biblia o el Corán, ser agnóstico o ateo absoluto. Libertad de conciencia quiere decir que tu pensamiento te pertenece por completo y que tu vida espiritual es un asunto que solo concierte a tu persona.

¿Cómo entonces, en pleno Siglo XXI, gente que ha vivido en una democracia centenaria, respetuosa de los derechos humanos, de las libertades individuales, se atreve a levantar la voz para exigir que se obligue a todos a jurar en nombre de Dios? ¿No es más respetuoso y civilizado pedir a las personas un juramento en nombre de lo más sagrado de sus convicciones?

Si la Constitución Política incluye la invocación a Dios en el juramento oficial, eso no es más que un atavismo, un vestigio del orden medieval, lo mismo que la existencia de una religión propia del Estado que no es la de todos sino la de una parte de la ciudadanía.

En todo caso, el artículo constitucional aludido dice claramente:

“Artículo 194.-El juramento que deben prestar los funcionarios públicos, según lo dispuesto en el artículo 11 de esta Constitución, es el siguiente:

"¿Juráis a Dios y prometéis a la Patria, observar y defender la Constitución y las leyes de la República, y cumplir fielmente los deberes de vuestro destino ?-Sí, juro.-Si así lo hiciereis, Dios os ayude, y si no, El y la Patria os lo demanden".

Me pregunto qué tendría que hacer un integrante de la Selección Nacional de Fútbol para observar y defender la Constitución y las leyes de la República, mientras suda corriendo detrás de un balón sobre la gramilla de un estadio de San Petersbugo o Nizhni Nodgorov. ¿Cuáles son los deberes de su destino?