Desde los años cuarenta, nuestro país no solo surgió al amparo de un Estado benefactor, que consolidó instituciones públicas en áreas estratégicas, sino también potenció la articulación de su sociedad civil bajo esquemas asociativos como el solidarismo, el comunalismo y el cooperativismo. Estos modelos han sido claves en nuestro progreso, un desarrollo caracterizado por el liderazgo ciudadano y poco explorado por los historiadores.

Los costarricenses siempre le apostamos a la asociatividad mediante figuras como las mencionadas, o por medio de sindicatos, organizaciones 218, ASADAS, fundaciones o infinidad de grupos deportivos, culturales, políticos o religiosos. Nos gusta la acción colectiva y eso es parte de nuestra identidad.

De allí que las cooperativas hayan florecido en estas tierras, desde hace 75 años, como ancladas en la genética del alma costarricense. Entidades sin fines de lucro y con el mandato de ser agentes de la justa distribución de la riqueza, poblaron nuestro territorio organizando al campesino, al maestro, al médico o al artesano, para hacerlo dueño de una empresa de propiedad conjunta.

Cuando usted escucha el diminutivo COOPE, atrás verá personas cumpliendo su sueño de tener trabajo digno, salud, educación, vivienda y bienestar comunitario. Hoy existen en Costa Rica más de 600 cooperativas y uno de cada cinco ciudadanos está afiliado a estas organizaciones.

Regiones como Los Santos y Occidente o cantones como San Carlos y Pérez Zeledón, son muestra del impacto fértil del cooperativismo sobre la calidad de vida de miles de familias.

Allí, como en otras zonas, las cooperativas no solo son un motor económico, sino también muchas veces responsables de que existan caminos, escuelas, acueductos, puentes y centros de salud. Una labor silenciosa y comprometida, sin la parafernalia del marketing moderno.

Hoy sábado (7 de julio) celebramos el Día Internacional del Cooperativismo, así declarado por Naciones Unidas. El sector transita en Costa Rica por tiempos difíciles y en ese sentido su reto es volcar la mirada hacia valores fundantes de honestidad, solidaridad, transparencia y responsabilidad.

En abril pasado nos visitó el premio nobel de economía Joseph Stiglitz, un referente ético a nivel mundial que en múltiples foros ha señalado a las cooperativas como la gran alternativa, inteligente y humanista, para sacar al planeta de la crisis civilizatoria en la que se encuentra.

Y ciertamente esas son las cooperativas, como también lo soñó Rodrigo Facio hace 80 años: la herramienta justa, equitativa y solidaria que potencia relaciones sociales y comerciales más dignificantes. No se trata de una quimera, sino de un horizonte próspero que se debe abonar ampliamente, como política de Estado.

(* Director Ejecutivo, Instituto Nacional de Fomento Cooperativo INFOCOOP)