Siria podría dejar de ser un Estado funcional

  • El periodista Juan Carlos Cruz entrevista al politólogo y experto en relaciones internacionales Sergio I. Moya Mena, profesor de la Universidad de Costa Rica, sobre el complejo entramado político internacional en torno a Siria, que se encuentra bajo la amenaza de un ataque militar de Estados Unidos. El análisis de Moya, quien también coordina el Centro de Estudios de Medio Oriente y África del Norte, CEMOAN (cemoan.org), es esencial para entender lo que se encuentra en juego en torno a ese país.
Siria: la imagen de la desolación.

La cumbre del G20 en San Petersburgo terminó sin un acuerdo sobre Siria ¿queda aún alguna salida diplomática?

El G20, tiende a privilegiar las agendas económicas, pero el tema de Siria fue inevitable, sin embargo era poco probable que allí se tomara una decisión importante.

En la vía diplomática está la Conferencia Ginebra II, que desde la presunta utilización de armas químicas en Irak,  ha quedado como posibilidad, aunque reducida, para re encausar una salida en ese sentido.  

Hay analistas que no descartan la posibilidad de que, incluso después de una acción militar de los Estados Unidos, pueda replantearse una salida política, porque es evidente que el conflicto, desde el punto de vista militar, no lo estaba perdiendo el régimen de Bashar Al-Assad, y precisamente porque no lo estaba perdiendo, resulta sospechoso que, de un momento a otro, él haya tomado una medida desesperada y extrema, como utilizar armas químicas.  

En octubre de este año la deuda del Gobierno de los Estados Unidos topa techo,  llega a su límite. ¿Usted considera que Siria sirve de pretexto, para ampliar este techo de endeudamiento del aparato económico productivo de los Estados Unidos?

Yo veo la eventual acción militar como un pretexto, pero no necesariamente en este sentido. Creo que si hay un pretexto aquí, es aprovechar esta coyuntura para desmontar uno de los eslabones de este eje de resistencia que se plantea desde hace algunos años a las políticas de Estados Unidos en Medio Oriente y en el que se ubican Irán, Siria y organizaciones como Hezbollah. Creo que esta es la oportunidad que tienta a muchos guerreristas en Washington.

Me parece que el gran objetivo aquí no es Bashar Al-Assad, ni es Damasco, sino Teherán. Es la posibilidad de quitarle a Irán el único aliado sólido que tiene en el Mundo Árabe, que es Siria. 

Entonces podríamos decir que  el camino  a Teherán pasa por Damasco. Ahora, esto no quiere decir que esta eventual acción militar no pueda utilizarse también para otros fines. A la luz de la experiencia histórica reciente, hay que recordar que las guerras dinamizan la economía y el negocio de la guerra, ha sido históricamente uno de los más lucrativos y un pilar importante de la economía estadounidense.

Claro, no estamos hablando del mismo escenario que había en Irak, ni siquiera el que había en Afganistán. La mayoría de los estadounidenses, según lo muestran las últimas encuestas, no está de acuerdo en una intervención militar. A pesar de esto, veo un debate intenso en Washington, entre quienes se manifiestan poco anuentes a caer en otra trampa militar, otro empantanamiento como fueron Irak y Afganistán; guerras que Estados Unidos no ganó, y quienes ven la oportunidad de herir mortalmente a ese eje de resistencia.

¿Históricamente cual ha sido la relación de Siria con Estados Unidos?

No estamos ante un historial de confrontación como el que vemos en la relación entre Irán y Estados Unidos, a partir del triunfo de la Revolución Islámica en 1979, en el que se aprecia una secuencia de agresiones, de parte de los Estados Unidos contra Irán. 

Es cierto que los Estados Unidos y Siria estuvieron en bandos opuestos en la Guerra Fría, porque si bien el régimen del partido Partido del Renacimiento Árabe Socialista Ba'ath, no era marxista-leninista, en la alineación de posiciones que se dio en los años sesenta, Siria encontró en la Unión Soviética, un aliado y un proveedor de armas muy importante. Pero, la enemistad con los Estados Unidos se produce a través del enfrentamiento de los países árabes con Israel y especialmente a partir de la Guerra de los Seis Días, cuando Siria y Estados Unidos rompen relaciones. Sin embargo, en 1974 dichas relaciones se restablecen e incluso, a partir de la década de los noventa, se produce entre ambos una relación de cooperación.

El régimen sirio apoyó la coalición multinacional contra el Irak de Saddam Hussein y unos años después apoyó la “Guerra contra el Terrorismo” impulsada por George W. Bush. No había entonces una confrontación insalvable entre los dos países. Siria era un enemigo, pero no era un enemigo absolutamente incómodo, pues aun y cuando tiene parte de su territorio ocupado militarmente por Israel (los Altos del Golán), el régimen de Bashar Al-Asaad nunca intentó revertir por la fuerza esa situación de ocupación, nunca quiso reconquistar militarmente ese territorio, nunca cuestionó ese statu  quo.

Se ha dicho que este conflicto tiene reminiscencias de la Guerra Fría. ¿En que medida?

Bueno, en el sentido de que de nuevo hay un choque de intereses geopolíticos entre estadounidenses y rusos.  La Guerra Fría era un conflicto ideológico y ahora no estamos propiamente frente a un conflicto ideológico, sino a un conflicto por intereses estratégicos.

Los rusos no están dispuestos a que en este caos que se ha abierto a partir de las llamadas Revueltas Árabes, Estados Unidos aproveche para redefinir geopolíticamente la región en función de sus intereses, como sucedió con Libia. La resolución 1973 del Consejo de Seguridad fue tan ambigua, que al final, terminó posibilitando un cambio de régimen en Trípoli, lo cual no había sido acordado por el Consejo de Seguridad cuando se decidió "tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles y a las áreas pobladas bajo amenaza de ataques".  Estados Unidos y sus aliados, “estiraron” esta resolución para destruir todas las fuerzas de Muamar el Gadafi y su gobierno, lo cual derivó incluso en su linchamiento.

Los rusos -y los chinos en menor medida- vieron eso como un mal precedente y no quieren abrir portillos para que Estados Unidos y la OTAN redefinan  el balance de poder regional a su gusto.

Creo que en su enfoque hacia la guerra en Siria, más allá de los contratos de ventas de armas que Moscú tienen con Siria, a los rusos les preocupa fundamentalmente el auge del yihadismo y las repercusiones que pueda tener en territorio ruso. Hay que recordar que los rusos miran toda su política hacia Medio Oriente y Asia Central a través del lente del conflicto en Chechenia, que para ellos fue traumático y es un episodio no terminado. Por eso, ven con mucha desconfianza cualquier revuelta de inspiración yihadista en la región. Esta, diría yo, es su principal factor de preocupación en cuanto al conflicto sirio.

Otro elemento es que los rusos, como en el pasado, están queriendo reasumir su papel de protectores de las comunidades cristianas en Medio Oriente y especialmente las comunidades ortodoxas.  De los aproximadamente dos millones y medio de cristianos que hay en Siria, la mitad son ortodoxos. Los cristianos son la comunidad que tiene más que perder si ganan los yihadistas e instauran -como pretenden- un régimen Islámico basado en la Ley Islámica (Sharia). Eso explica por qué muchas iglesias cristianas en Siria están en contra de una intervención militar e incluso apoyan el régimen de Bashar Al-Assad, no tanto por simpatía, sino por conveniencia, pues hasta en alguna medida, este régimen posibilitaba cierta tolerancia religiosa que era muy significativa en Siria antes de la guerra.

¿Se prevé entonces un recrudecimiento del islam más conservador?

En la oposición a Al Assad encontramos a los sectores más conservadores sunitas, sobre todo los que históricamente han estado vinculados a la Hermandad Musulmana y los que ahora tienen alguna simpatía con los grupos yihadistas y salafistas.

El salafismo es una corriente sunita fundamentalista que reivindica el retorno a los orígenes del Islam a través de un apego estricto al Corán y la Sunna. Su modelo son los “salafs”, aquellos hombres que formaron la primera generación de musulmanes y que se consideran como un referente de la “vida lícita” a la que hay que retornar. Representan una visión muy conservadora y literal del Islam, que anula por ejemplo la participación de las mujeres en la vida social y es intolerante frente a las otras religiones. En Arabia saudita existe una corriente similar, llamada wahhabismo.

Es importante señalar que son varias las corrientes que plantea el Islam como una ideología política, pero que en el marco de las Revueltas Árabes,  presentan algunas divergencias. Así, la relación fraterna que existe entre Irán, donde predomina el chiismo (que es visto por muchos clérigos wahhabíes como algo peor que una herejía) y Siria, resulta intolerable para países como Arabia Saudita, que además, tiene intereses en utilizar el territorio sirio para trazar oleoductos.

No es un secreto que muchos de los recursos económicos y militares que llegan a los rebeldes sirios, llegan a través de Arabia Saudita  y también de Qatar.

¿Y cuál es el papel de Israel?

Desde el inicio de las Revueltas Árabes, hubo un debate interno sobre el impacto de estos eventos para la geopolítica israelí.  Si era bueno que estas revueltas dieran paso a la democracia, o era preferible tener como vecinos a enemigos, como Mubarak y Al-Assad,  que no se atrevían alterar el statu quo  y que, en el caso del presidente egipcio, era lo más cercano a un amigo que podía tener Israel en el Mundo Árabe. Bashar Al-Asaad tampoco era un problema existencial para Israel, más allá, que apoya a Hezbollah, era un enemigo con el que se podía convivir. 

A partir de la victoria de los islamistas en Egipto se crea una gran incertidumbre en Israel. Sin embargo, en el caso de Egipto, existe una “línea roja” que nunca se llegó a cruzar: la revisión del tratado de Camp David de 1979. Por más que la Hermandad Musulmana afirmara que quería “revisarlo”, por más que el 62% por ciento de los egipcios dijera que querían abolirlo, los militares no lo iban permitir. No lo iban a permitir porque mantener Camp David es estratégico para sus intereses y especialmente para la relación histórica de cooperación que tienen con los Estados Unidos.

Ahora, en el caso de Siria, yo creo que no hay mucha claridad en Tel Aviv sobre la conveniencia de eliminar a un enemigo histórico pero con el que se podía mantener cierta convivencia, o la posibilidad de que a partir de su derrocamiento, sean fuerzas ideológicamente muy hostiles hacia Israel las que tomen el poder. Este dilema es parte de lo que determina los intereses de Israel en el caso de la guerra en Siria.

Veamos en el mapa a Arabia y Qatar…

Arabia Saudita quiere definitivamente deshacerse del gobierno del Ba'ath en Siria, porque es una rivalidad curtida desde hace mucho tiempo. Arabia Saudita, Egipto, Siria e Irak, disputaron durante mucho tiempo el liderazgo de Mundo Árabe y Arabia Saudita históricamente también ha aspirado a la conducción del Mundo Islámico, ahora desde la posición ultra conservadora del wahhabismo.

Hay un personaje central en la trama saudita, que desde Riad, ha estado gestionado todo este apoyo a los rebeldes. Se trata del príncipe Bandar bin Sultan, que fue embajador en Washington  y  tuvo una relación estrechísima con la familia Bush, al punto que en ese círculo familiar le decían “Bandar Bush”.  Este personaje ha tenido una relación ambigua con los fundamentalistas y con grupos terroristas como Al Qaeda. Hay que recordar que Arabia Saudita apoyó a los extremistas islámicos en Afganistán y en Pakistán y Bandar jugó un papel central canalizando dichos apoyos.

En estos apoyos también ha jugado un papel destacado Qatar, que viene de perder una batalla importante en Egipto, pues era el gran patrocinador económico del gobierno de Mohammed Mursi, además de que en 2009 Damasco se negó a firmar un acuerdo con Qatar para  construir un gasoducto a través de Siria, un negocio de 10.000 millones de dólares que al final se firmó con Irán e Irak.

¿Y el papel de Turquía?

Otro país que tiene aspiraciones de potencia regional. Desde que gobierna en Ankara el Partido de la Justicia y el Desarrollo, Turquía replantea su relación con el Mundo Árabe y el Medio Oriente, en lo que algunos observadores llaman “neo-otomanismo”. El gran artífice de esta política que Turquía denominó como “cero problemas con los vecinos” fue el Canciller Ahmet Davutoğlu. Inicialmente, Turquía vio las Revueltas Árabes como una oportunidad de influir en la región y presentar el modelo turco de convivencia entre Islam y democracia como un referente para los países que salían de las dictaduras. Sin embargo, esta posibilidad se reventó como una burbuja de jabón, pues a partir del golpe militar en Egipto y de los problemas de la transición tunecina, la posibilidad de hacer converger al islamismo moderado con la democracia se interrumpió.

Turquía fue uno de los primeros países en denunciar a Al-Asaad y pedirle que renunciara. Y recientemente ha apelado a una intervención militar amplia, que vaya más allá que una acción militar “quirúrgica”, con blancos selectivos. No se puede perder de vista que Turquía es miembro de la OTAN y esta organización ha dicho que un ataque a Turquía de parte de Siria implicaría la intervención de la OTAN.  Por eso, Al-Asaad se va a cuidar mucho de no activar esa posibilidad de conflicto.

¿Y finalmente Líbano y Jordania?

El Líbano como siempre, es víctima de las turbulencias políticas de sus vecinos. Se trata de un país cuya integridad ha sido cuestionada a lo largo de casi toda su existencia. Es un país artificial, porque supone la convivencia en un espacio geográfico, muy pequeño (Líbano es más pequeño que Guanacaste) de diecinueve sectas reconocidas oficialmente en un Estado que define la distribución del poder entre las instituciones a partir de criterios religiosos. Así, el presidente tiene que ser un cristiano, el Primer Ministro tiene que ser un sunnita, el Presidente del Parlamento un chiita y así se va repartiendo todo. A veces creando estructuras paralelas de poder a partir de esas divisiones sectarias.

El Líbano fue le primer país que se convirtió en víctima de la expansión de la guerra de Siria, pues en este país hay grupos políticos y religiosos que apoyan con mucha contundencia a Al-Asaad, y otros  que están en contra del líder sirio. Me parece que Líbano será el país que resentirá de manera más clara un recrudecimiento de la guerra en Siria.

Jordania por su parte, se colocó desde el inicio de las revueltas entre los sectores más críticos a Al-Asaad. Es un país pequeño, frágil y poco influyente, que ha tenido históricamente posiciones muy cercanas a los Estados Unidos. El Rey Hussein, padre del actual  Rey Abdullah II, estuvo durante muchos años en la nómina de la CIA.

Jordania ha tenido que recibir a cientos de miles de refugiados sirios, lo cual puede crear inestabilidad en el país. Hay que recordar que es un país pequeño, con recursos limitados, con su propia agenda de conflictos internos, que no puede asumir una cantidad ilimitada de refugiados. Ya recibió muchos refugiados palestinos desde 1948 y eso creó un foco permanente de conflicto, que incluso implicó una pequeña guerra civil. El gobierno jordano está a la expectativa, pero sin duda, vería bien la caída de Al-Asaad.

¿Y en este cruce de intereses, qué se están jugando Francia e Inglaterra? 

Bueno tenemos un “socialista” en el gobierno, François Hollande, con una reconocida trayectoria de oportunismo dentro del Partido Socialista y en la política francesa. Él está viendo una oportunidad -lo vimos desde la intervención en Mali- de reposicionar a Francia como una potencia neo-colonial, con intereses que defiende de manera contundente en África Central, en el Norte de África y en el Medio Oriente.

De alguna forma se busca revivir el “esplendor colonial” que en algún momento tuvo Francia y que históricamente ha estado muy ligada a Siria. Francia fue la potencia colonial que ejerció un mandato sobre Siria, antes de la independencia.  Francia también ha querido asumir desde hace mucho tiempo, el papel de protector de ciertas comunidades en Medio Oriente.  Por ejemplo, Líbano, en buena medida, debe su existencia a la intención francesa de proteger a los Maronitas. Acá nos ubicamos frente a cierta contradicción, por qué la mayoría de los cristianos en Medio Oriente no quiere ahora la intervención militar.

El caso inglés es muy interesante. El primer ministro Cameron no quiso repetir el camino de Tony Blair, que mintió descaradamente a los ingleses, diciéndoles que Saddam Husein “tenía armas de destrucción masiva”. Cameron es hábil y somete el tema a una discusión parlamentaria que pierde, y que al final decide: “bueno, por el momento, esperando más evidencias, no vamos a acuerpar una acción militar”.

¿Algo que se haya quedado por fuera?

Creo que es necesario remarcar que una intervención militar de los Estados Unidos, en las condiciones en que se esta planteando, sería absolutamente ilegal, desde el punto de vista del Derecho Internacional y de la Carta de las Naciones Unidas, que muy puntualmente dice que el uso de la fuerza o de la violencia, está únicamente legitimado, como autodefensa, o en el marco de una decisión del Concejo de Seguridad. Cualquier otro esfuerzo militar, fuera de estas dos posibilidades, cualquier tipo de agresión infringe el Derecho Internacional.

Sabemos que esto no es un criterio que suela preocupar a Washington, pero si se cree en la legalidad internacional, hay que decirlo. Se trata de un esfuerzo de guerra ilegal y que de alguna manera viene a confirmar la continuidad de una política guerrerista de Washington, que trasciende las diferencias entre republicanos y demócratas. Hay una continuidad porque Estados Unidos defiende intereses estratégicos permanentes y que están al margen de quién ocupe la Casa Blanca, sea un demócrata o un republicano. Al promover un nuevo esfuerzo de guerra en Siria, Obama desnuda su compromiso con una agenda imperial.

 Finalmente, ¿otra Siria es posible?

Me temo que no va a ser una Siria como la que conocimos. Es tal el grado de odio que se ha generado, sobre todo por la dimensión sectaria del conflicto, que va a ser muy difícil replantear la convivencia entre sunitas, alawitas, cristianos, kurdos, etc.  Siria podría dejar de ser un Estado funcional y en el mejor de los casos, se convertiría en algo similar a Irak, un país irremediablemente quebrado, a través de las divisiones sectarias y étnicas y en el que la convivencia parece ya, imposible de reconstruir.  Una perspectiva que sin duda complace a las potencias occidentales, que han hecho del “divide et impera” un principio de su política hacia Medio Oriente.