CINE
29 de octubre - 5 de nov. 2007
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» Crítica
Por Gabriel González-Vega
"Esto no es pan y circo (infotenimiento) hecho para distraernos de los muy reales y muy peligrosos problemas que enfrentamos como sociedad. Es exactamente lo opuesto y absolutamente aterrador."
Mary Ann Johanson, Flick Philosopher
Un nuevo y vibrante documental, presentado por el empeñoso y notable actor Leonardo di Caprio ("Titanic", "El aviador"), nos reta a dar un giro de 180 grados en nuestra forma de pensar, de lo contrario probablemente perezcamos, nos dice. Si bien sufre el sesgo usual de ver el mundo desde los Estados Unidos, también es cierto que la potencia mundial es el epítome de la industrialización que nos está matando; como ya lo advirtió el sagaz monje cristiano Godfrey Reggio en su melancólica trilogía (Koyaanisqatsi, Powayqatsi y Nacoyqatsi), visiones sin palabras musicalizadas por el minimalista Phillip Glass ("Einstein en la playa"), sobre el desequilibrio entre el arcaico y armonioso mundo natural y el vértigo de la modernidad.
Ya no se trata, como se ha venido argumentando, cada vez en voz más alta, de salvar el planeta ó la naturaleza, se trata, de salvar nuestra propia especie humana de la extinción a la que nos conduce una conducta suicida. Es un giro crucial que reconoce el egoísmo inherente a las acciones humanas para ser más eficaz en su mensaje. El mismo énfasis lo destaca estos días la revista "Scientific American" (octubre 2007) en el artículo "Conservation for the People" de P. Karieva y M. Marvier.
El filme, escrito y dirigido por Leila Conners Petersen y Nadia Conners fue presentado en el Festival de Cannes bajo el título "The 11th hour" (La onceava hora), en alusión a la muy tardía aparición de los seres humanos en el planeta. Como sabemos, nuestra Tierra se formó hace 4.550 mil millones de años; hay evidencia química de vida desde hace 3.800 mil millones de años y los primeros fósiles de cyanobacterias datan de hace 3.500 millones de años; en tanto nosotros, los homo sapiens sapiens, apenas si surgimos en África como pequeñas bandas de recolectores y cazadores hace unos doscientos mil años (llegamos a América a través de Asia hace apenas 15 o 20 mil años). La civilización, con el desarrollo de ciudades y la escritura, surgida en Mesopotamia, acumula menos de seis milenios.
Nuestra inteligencia, la del llamado tercer chimpancé, es una de las múltiples formas que la vida adopta para sobrevivir en este planeta. Muy eficaz, es cierto, pero pareciera que lleva consigo misma el germen de su autodestrucción. Constituidos por los mismos elementos que forman las rocas (un amigo geólogo californiano nos llama "walking rocks" (rocas que caminan), o "polvo de estrellas" al decir de Carl Sagan "cosmos"), hemos cometido el gravísimo error de considerarnos aparte y superiores al resto de la naturaleza, amos y señores de ésta (como queda claro en la lectura del Génesis), sin comprender que somos parte de la misma y que todo está interrelacionado con balances extremadamente delicados y precarios.
Hasta ahora comenzamos a comprender, por ejemplo, la inteligencia y los sentimientos que también poseen otros animales a los que usualmente se desprecia ó la sabiduría de culturas como las aborígenes americanas -que sabían vivir en armonía con la naturaleza-, a las que los conquistadores europeos descalificaron como bárbaras y masacraron.
El filme anuda unas 200 entrevistas a medio centenar de científicos y otras personalidades, como el renombrado científico británico Stephen Hawking ("Historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros"), el ex-primer ministro soviético Mikhail Gorbachov,y los expertos en diseño verde William McDonough y Bruce Mau, con numerosas series de datos y muchas imágenes impresionantes. Es fundamental cómo vincula una cosa con otra, aunque la estructura peca a la vez de simple y embrollada. De vez en cuando aparece Di Caprio comentando lo que vemos y escuchamos.
Por una parte, el trabajo está editado a una gran velocidad -como es propio de Hollywood- y se percibe abrumador, sin tiempo para digerirlo, lo que lleva a una respuesta emocional del tipo "nos está llevando el carajo y la culpa es nuestra".
Por la otra, las exposiciones son bien fundamentadas y convincentes y apelan a la razón. Es evidente que hay mucho más interés en sacudir al espectador que en atender demandas estéticas y pretensiones artísticas. Quizá se piense que ya todo esto se sabe o que casi todos están concientes. Craso error. En la práctica los hechos demuestran que casi nadie entiende el problema global y que casi nadie lo asume. Por eso este mensaje es tan oportuno.
Los estilos de vida (y las apetencias) de la mayoría, los sistemas económicos y los procesos políticos vigentes, demuestran precisamente inmensa ignorancia, negligencia ó cinismo. Corremos frenéticamente a precipitarnos en el abismo y solo uno que otro aminora el paso o se detiene. Muy lejos estamos de haber cambiado el curso de colisión, a bordo de este "Titanic" planetario que con la misma arrogante estupidez de 1912 también imaginamos insumergible.
Pienso que ciertas limitaciones de la inteligencia humana afectan especialmente nuestra capacidad de entender el problema. Si bien los medios masivos nos bombardean diariamente con imágenes espantosas de huracanes, tsunamis, terremotos, incendios, hambrunas, epidemias y más, generalmente no hay un análisis que explique cómo todo esto está conectado y cuáles son las causas.
Insertos en la demencia de la sociedad de consumo y su empeño en la máxima productividad, deglutimos esas imágenes como cualquier otra mercancía. Estamos ante una gran vitrina donde todo se vuelve trivial y a la vez clama por esa originalidad que requiere cada mercancía para satisfacer su función. Ya no discernimos lo esencial de lo accesorio y para muchos este filme podría ser como cualquier otro: una dosis de entretenimiento para matar el tiempo de una angustia existencial convertida en destino. Giramos atontados en un carrusel de la muerte donde nos convertimos en espectadores pasivos de procesos en los que somos a la vez víctimas y victimarios y nos precipitamos al desastre con plena inconciencia. Como en aquel formidable filme griego "El día que salieron los peces" (Michalis Kakoyannis, 1967), donde los pobladores son atrapados en una fiesta de sensaciones fáciles mientras el fin de sus días se cuela por todas partes, envenenándolos mortalmente con el agua contaminada por un derrame radioactivo.
Por otra parte, cuesta que la gente comprenda el crecimiento exponencial y la aceleración de los procesos; los resultados tienden a tomarlos por sorpresa (hasta la suma de velocidades de dos automotores en dirección opuesta tiende a no comprenderse). Eso es lo que hace que algunos pensadores ya perciban el daño ambiental como irreversible.
Mas, cuidado, que no sea esta otra razón para no actuar con un fatalismo propio de esta posmodernidad desencantada, fatalismo que tiene raíces en nuestra biología. Como se ha comprobado en experimentos con ratas, si éstas no creen que existe una salida a un problema determinado, desisten de luchar y se dejan vencer. Parece que nosotros también nos comportamos de ese modo. No por casualidad los tiranos procuran mantener desmoralizados a quienes sojuzgan.
Asimismo, los corifeos del sistema nos venden la idea de globalización en términos de comercio y comunicación mundial de innumerables necedades (de nuevo usan las cuentas de vidrio de colores para encandilar a los bárbaros como hace medio siglo), no como responsabilidad compartida por el destino común en la nave planetaria, nuestro único hogar.
El planeta es un inmenso y complejo organismo que ofrece condiciones espacialísimas para el auge de la vida basada en el carbono, como la conocemos (que ha de haber otras formas de vida muy distintas en el universo).
En solo un siglo, las relaciones de la Tierra con otros astros, el clima, la atmósfera, los mares y tierras, los millones de organismos diferentes, han sido violentamente alteradas por una sola especie, la nuestra, en ese lapso brevísimo del punto de vista geológico e incluso biológico. Esto nos ha conducido a la sexta extinción masiva conocida -la que estamos viviendo- una a la que probablemente sobrevivan artrópodos, bacterias y otros seres pero difícilmente los seres humanos y si acaso en condiciones completamente diferentes a las conocidas (con el probable derrumbe del conocimiento acumulado que llamamos cultura).
El filme sugiere que si en el lapso de una generación (tres o cuatro décadas) no revertimos el proceso, probablemente estemos condenados. Ese tiempo es el nuestro y esa inmensa responsabilidad la de todas y todos aquí y ahora. Ojalá que no veamos ésta y otras advertencias como un dato más, irrelevante en el juego de apariencias que se nos ha impuesto. Aunque casi parece que todo está perdido, que cada uno alce su roca, como Sísifo, y trate de alcanzar la cima. Aún nos queda la esperanza, por diminuta que sea.
Gabriel González-Vega es crítico de cine de Informa-tico.com
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